DESPERTAR AL AMOR

con un curso de milagros

LOS DOCE PASOS DEL PERDON: Tercera piedra angular CONFÍA EN TU VIDA. P. Ferrini


Tercera piedra angular


CONFÍA EN TU VIDA



Buena parte de nuestra vida nos lleva al límite de nuestras fronteras y nos deja allí. Nos dice: «Tú no estás limitado a lo que queda dentro de estas fronteras».

Para confirmar esta intuición, nos damos cuenta de que vamos chocando con todos los límites que nosotros mismos hemos creado. Cada vez que nos posicionamos —y casi no importa qué postura tomemos— separamos una realidad unificada en dos partes aparentes. Puedes llamar a esas partes como quieras: bien y mal, masculino y femenino, alto y bajo.

De la unidad, hacemos la dualidad. En cuanto digo yo, tengo el tú, que significa no-yo. Y si digo nosotros, quiero decir no-ellos.

Por más que expanda mi conciencia, continúo encontrándome con personas o situaciones que no puedo aceptar. Allí es donde trazo la frontera. Establezco mis límites. Lo que queda a este lado de la línea es aceptable. Y lo que queda al otro lado de la línea no lo es.

Ésta es la naturaleza del viaje de mi conciencia: toda mi vida es un proceso de establecer y borrar fronteras. Cuando puedo verlo así, aprendo a ser más flexible conmigo mismo y con los demás. Sé que las fronteras no son reales. Más bien son mis creencias las que hacen que parezcan reales. Cuando cambio mis creencias, esas fronteras desaparecen.

Siempre estoy tratando de definir y de ordenar mi existencia. Y cuanto más intento ordenarla, mayor es la chapuza que hago de ella. Lo cierto es que no soy muy bueno en esto de controlar mi vida. Antes o después llego a esta conclusión.

Antes o después me doy cuenta de que mi propósito aquí no es intentar controlar mi vida. Mi propósito es trabajar con ella.

Puedo decir lo que quiero. No hay nada malo en eso. Pero debo elegir lo que me llega, tanto si es lo que quiero como si no.

A menudo creo que lo que me ocurre no es lo que quería que me ocurriese. Pero, después, descubro que eso es exactamente lo que necesitaba en ese momento. Antes o después me doy cuenta ele que no sé lo que necesito.

Mi fuerza de vida lo sabe. Mi fuerza de vida sabe lo que necesito y lo atrae hacia mí. Solía llamar a mi fuerza de vida destino o Dios, pero eso no funcionó porque la situaba fuera de mí.

¡No está fuera! No está dentro ni fuera, o tal vez está dentro y fuera. Cuando trazo la línea, se retira tan dentro de mí que no puedo encontrarla, o se expande más allá de cualquier límite que yo pueda imaginar. Es tan pequeña que pasa completamente de incógnito. Si la buscas en el cuerpo/mente no podrás encontrarla.

¿Cuánto pesa el cerebro? Es más ligera que eso. ¿Cuánto pesa el alma?¡Incluso es más ligera que eso! Demasiado ligera para ser pesada: la ley de la gravedad no le afecta. Y sin embargo es tan extensa que el universo no es lo suficientemente grande para contenerla.

Cuando miro a quien realmente soy, no veo límites, no hay dentro ni fuera. Cuando miro a quien realmente soy, no soy diferente de ti. No soy diferente de Dios. Todo es lo mismo. Todo es un movimiento de la fuerza de vida, sin principio ni final.

Cuando estoy dentro de mis fronteras, todo me parece muy importante. Cuando la vida entra y borra esas fronteras, me doy cuenta de que todas esas cosas que creía tan importantes son insignificantes.

Cada ola es una purificación, una disolución de apegos, un borrar la pizarra del juicio y la evaluación. Como dijo mi amigo Ji en una conferencia reciente: «Estaba tan feliz y dichoso que no pude rellenar la hoja de evaluación».

Lentamente, las energías giratorias de mi vida se ralentizan hasta acabar en una suave danza. ¡Es extraordinario! Empiezo a darme cuenta de que mi vida está bien tal como es. No tengo que cambiar nada. No tengo que cambiar mis relaciones, ni mi trabajo ni donde vivo para ser feliz. Soy feliz aquí, ahora mismo, tal como soy. La vida ha venido a mí y yo la he abrazado, simple y profundamente.

No sé qué traerá el momento siguiente, pero eso no importa. Lo que venga estará bien. Porque he dejado el miedo atrás junto con mis juicios. Ninguna mancha del pasado tiñe mi inocencia; ninguna expectativa de futuro empaña mi libertad de ser yo mismo o de dejarte ser. Habito simplemente en la comprensión de que estoy bien tal como soy, de que tú estás bien tal como eres, y de que la vida está bien tal como es. Ésta es mi dicha. Ésta es mi sustancia.

El resto sólo es tamaño y forma. El resto sólo es forma que retorna al polvo de donde vino.

Lo insustancial no puede contenerlo sustancial. Los límites no pueden contener lo informe. La mente limitada no puede contener la mente de Dios. Pero la mente de Dios contiene todas las cosas. Es una copa que siempre está vacía. Por más vino que vertamos sobre ella, nunca se llena. Ésta es la profunda bendición a la que todos estamos acudiendo. Esta es la oración en nuestros labios, la canción olvidada que recordamos cuando nuestros corazones se abren mutuamente. Y la canción simplemente dice: «Bienvenidos, hermano y hermana. El lugar que dejasteis ha permanecido vacío, esperando vuestro retorno.

Bienvenidos a casa».

LOS DOCE PASOS DEL PERDON: Sé tu propia autoridad. P. Ferrini





OCTAVO PASO




Sé tu propia autoridad





Seamos claros: ¡ser tu propia autoridad no significa ser una autoridad para nadie más! Simplemente significa que no dejas que nadie sea una autoridad para ti. Todo el mundo es libre de elegir, incluyéndote a ti. Y todo el mundo es responsable de la elección que hace. Las cosas no podrían ser de otra manera.

Muchas personas intentan cruzar estas líneas claras de responsabilidad, pero eso sólo nubla su percepción de la realidad. No busquéis el castigo con glotonería. Honrad estas frases y os honraréis mutuamente.

En primer lugar, entiende que no estás responsabilizándote de ti mismo cuando:

1. Dejas que otra persona decida por ti, o

2. Decides por la otra persona.

Esto es codependencia. No es algo que te fortalezca ni que fortalezca al otro. Puede parecer que te da una ventaja temporal, pero el precio que pagas por esa ventaja es perder la libertad de elegir tu propia vida.

Es genial escuchar a otros y aprender de otros. Compartir íntimamente es esencial para tu crecimiento espiritual. Te ayuda a saber dónde estás y puedes usarlo para expandir tus percepciones. Pero los demás no saben lo que necesitas. Ni siquiera las personas con capacidades psíquicas y los intuitivos pueden decirte lo que necesitas saber. Es posible que te transmitan una información importante, o tal vez no. En cualquier caso, eres tú quien debe usar dicha información para encontrar tu paz.

Entiende que hay un límite a lo que otras personas te puedan decir que te resulte verdaderamente útil. Y esos límites también son aplicables a lo que tú puedas decir a los demás. La mayor ayuda que puedes dar o recibir de los demás son las palabras de ánimo. Cualquier otra cosa no suele servir de mucho.

Para ser tu propia autoridad, debes dejar atrás la idea de que hay respuestas fuera de ti. Debes dejar atrás el concepto de que hay algo que conseguir.

La autoridad viene directamente de la experiencia. Dice: “Honro mi vida. Acepto lo que es verdad para mí, aunque no sea verdad para otros”.

La autoridad interna es inconsistente con dar recetas a otros. En cuanto intentas hacer que otros encajen en tus valores y creencias, recortas el poder que esos mismos valores y creencias tienen en tu vida. En cuanto necesitas el acuerdo de otros para honrar tu propia vida, has perdido el contacto con tu autoridad interna.

Todo el mundo tiene el derecho y la responsabilidad de decir: “Esto es cierto para mí. Esto funciona para mí”. Esta autoafirmación es importante. Porque ninguna otra vida es exactamente como la mía. Las experiencias de cada individuo son únicas, y deben ser aceptadas como tales.

Cualquiera que trate de negar la integridad de mi experiencia, niega también su propia experiencia. Es imposible autoafirmarse negando a otros.

De modo que toda la energía que invierto en negar y juzgar a los demás, me aleja de mi guía interna y de mi verdad. No empiezo a saber lo que es verdad para mí hasta que honro la experiencia de otros.

Y esto también va en el otro sentido: no empiezo a oír mi propia verdad mientras haga más caso de la experiencia de otros que de mi propia experiencia. La autoridad viene de dentro y se detiene en la superficie de la piel.

Mi autoridad establece límites a mi deseo de elegir cuando ese deseo altera la libertad y la responsabilidad de otros para elegir por sí mismos. También me capacita para elegir por mí mismo cuando otros quieren elegir por mí.

Mi autoridad es consistente con tu autoridad, e igual a ella. Tú no puedes negar ni excederte en tu autoridad sin invitarme a hacer lo mismo. En este sentido, tu fidelidad a tu propia experiencia fomenta tanto tu inocencia como la mía.

Ahora, dicho esto, está claro que excedernos en nuestra autoridad o someternos a una autoridad externa forma parte de nuestro proceso de aprendizaje aquí. Es parte de nuestra danza conjunta.

Así, nuestra intención no debe ser la de acabar el baile, sino ser testigos de él. Ser testigo de esta danza hace que los movimientos se centren. Los hace más visibles. A medida que tomamos conciencia de nuestro exceso o falta de autoridad, la corrección se realiza de manera natural. Ser testigos nos ayuda a ver y aprender de nuestra propia conducta sin juzgarla.

El problema con la autoridad es uno de los problemas más profundos con los que vamos a tener que lidiar. No hay ni uno solo de nosotros que no se encumbre o que no se machaque hasta acabar a ras de suelo. No aprendemos sobre nuestra autoridad existencial hasta que no vemos la falsedad de nuestra autoridad basada en el ego. Una viene de la simple aceptación de nosotros mismos y de los demás. La otra viene de una profunda sensación de inadecuación que proyectamos en los demás.

Quienes tienen la ilusión de ser superiores a los demás, suelen abrigar sentimientos inconscientes de inferioridad. Y los que se refieren constantemente a la fuerza o a la sabiduría de otros, suelen abrigar sentimientos inconscientes de superioridad. Curiosamente, ni la persona que se presenta como superior ni la persona que se presenta como inferior, están dispuestas a quedarse solas con sus convicciones. De un modo u otro, ambas buscan el apoyo y el acuerdo de los demás.

Debemos despertar al hecho de que podemos ser demasiado fuertes o demasiado débiles para nuestro propio bien. A los que estudian el “I Ching” este concepto no les resultará extraño. Los que son demasiado fuertes atraen a los débiles, y así ellos mismos se debilitan. Y los que son demasiado débiles atraen a los fuertes, y se fortalecen gracias a ellos.

El fuerte y el débil usan al otro para alcanzar el equilibrio. Por desgracia, éste no es un proceso consciente, de modo que el intercambio no suele entenderse bien y tampoco se agradece.

En este punto de nuestra evolución colectiva parece importante que este proceso de llegar al equilibrio se haga de manera consciente. Por eso se están publicando tantos libros sobre el abuso y la codependencia. Estos intercambios, cuando se producen inconscientemente, dejan muchas heridas indescriptibles.

Hablar de nuestras heridas es saludable. Es nuestra manera de adueñarnos de nuestra experiencia y de responsabilizarnos de nuestra curación.

Todo este proceso tiene que ver con el RESPETO, respeto por nosotros mismos y respeto por los demás. “Respeto” viene de la palabra “specere”, que significa mirar, Re-spetar, por lo tanto, significa mirar atrás, volver a ver o ver de una manera diferente.

Se comprende que primero “veremos oscuramente a través del cristal, y después veremos con claridad”. Primero percibiremos mal, y después corregiremos nuestra percepción. Primero cometeremos errores y después aprenderemos. Primero nos excederemos el uno con el otro y después nos perdonaremos.

Éste es un proceso que se repite una y otra vez. Conseguimos el respeto por nosotros mismos y por los demás violando la ley de igualdad. La conciencia de nuestra violación es la que nos lleva hacia la igualdad.

De modo que cuando decimos: “Sé tu propia autoridad”, queremos decir: “Aprende a ser quien verdaderamente eres y aprende a ver a los demás como verdaderamente son”. Practica la igualdad. Aprende de la desigualdad. Acepta el proceso. Úsalo para alinearte y crecer.

LOS DOCE PASOS DEL PERDON:Estate dispuesto a aprender y a compartir. P. Ferrini




SÉPTIMO PASO


Estate dispuesto a aprender
y a compartir


En cuanto pienso que todo me cuadra, el amor me deja. ¿Por qué es así? Porque cierro la puerta en mi cabeza. Y cierro la puerta en mi corazón. Digo: «Basta. Ya tengo suficiente».

Bueno, aparentemente, mi profesor interno no está de acuerdo. Y tengo otra lección que aprender con humildad. Todo lo que sé no significa nada si en este momento no estoy en paz. Y cuando estoy en paz, la necesidad de saber queda atrás.

Un Curso de Milagros dice que enseñamos lo que necesitamos aprender. Es importante tomar conciencia de esto. Cuando me pongo de pie para compartir mis experiencias contigo, estoy reforzando mi proceso de aprendizaje.

Al compartir, profundizo en lo que he aprendido. Lo extiendo a través de los chacras. Tomo un conocimiento intelectual, lo personalizo y lo llevo al corazón. Cuando me escuchas profundamente, sé que lo que es verdad para mí también es verdad para ti.

Al compartir, aprendo a escucharte. Veo cómo has interiorizado las cosas de manera diferente, con un énfasis diferente. Queda claro que has dominado ciertas lecciones con las que yo aún estoy hecho un lío. Entiendo que tú eres mi maestro tanto como yo soy el tuyo.

Enseñar y aprender son procesos que duran toda la vida. Aún cuando represento el papel de profesor, estoy aprendiendo, y aún cuando represento el papel de alumno, estoy enseñando.

Mi manera de aprender se convierte en una enseñanza. Y mi forma de enseñar se convierte en un aprendizaje. Ves, el proceso continúa indefinidamente. Nunca hay un momento en mi vida en el que no pueda beneficiarme de la respuesta que me das. Aunque el noventa y nueve por ciento de ella sea un juicio sobre mí, puedo saborear el uno por ciento que es verdad.

No sólo los profesores deben responsabilizarse de lo que enseñan aprendiéndolo ellos mismos, sino que los alumnos también deben responsabilizarse de lo que aprenden. Nadie te enseña nada sin tu permiso.

De modo que yo siempre estoy aprendiendo. Y tú también. Ésta es la base sobre la que nos encontramos, cara a cara, como iguales.

Si bien puedo hacer parte de mi trabajo espiritual en solitario, practicando la meditación, observando mis pensamientos y sentimientos, y estudiando las Escrituras, hay una pieza importante que no puedo hacer solo.

No puedo superar la proyección a menos que la experimente. Necesito proyectar sobre ti y necesito proyectar sobre mí para poder experimentar este fenómeno. Necesito experimentar mi aparente separación de ti antes de poder rechazarla y considerarla una ilusión.

Ninguno de nosotros se salva en solitario. Aprendemos y crecemos a través de nuestras interacciones, por más dolorosas que sean.

De modo que, si me aíslo de los demás, sólo estoy posponiendo mi expiación. Antes o después, tú y yo debemos encontrarnos y desplegar nuestro drama.

Sin interacción, nuestros dos yoes separados nunca entenderían el amor de Dios. La necesidad de interacción queda confirmada por el hecho de que una parte de Dios se siente separada de otra. Donde quiera que se sienta separación, siempre es necesaria la interacción para tender un puente.

Esto es cierto aunque nos pasemos el rato pegándonos. El problema es que seguidamente nos divorciamos y seguimos caminos separados pensando: «Bueno, esto no ha funcionado», y buscamos otra persona con la que sentirnos cómodos.

Seguimos tratando de unirnos y seguimos fracasando, porque eso no es lo que se está pidiendo de nosotros. Dios no nos pide que nos unamos. Nos pide que nos honremos mutuamente.

La regla dorada dice: «Haz a los demás lo que te gustaría que ellos te hicieran a ti». No dice: «Fúndete con la persona que te resulte cómoda».

Mientras sigamos intentando fundirnos, seguiremos sin entender cuál es el punto verdaderamente importante. No estamos aquí para encontrar nuestra salvación los unos en los otros, sino a través de los otros.

No es necesario unirnos entre nosotros porque ya estamos unidos en Espíritu. Para nuestra realidad basada en el ego, parecemos estar separados. Parecemos tener distintas personalidades y diferentes necesidades. Seguimos intentando unirnos en este nivel, pero no podemos. La unificación se produce cuando esas diferencias caen.

Cuando «hacemos a los demás lo que nos gustaría que ellos nos hicieran a nosotros», ponemos de relieve lo único que compartimos legítimamente como seres separados: nuestra igualdad. Al honrarnos unos a otros como iguales, asumimos nuestra correcta relación mutua y hacemos posible que la divina presencia se manifieste a través de nosotros. Como dice Martin Buber: Dios no existe en ti o en mí, sino donde nos encontramos.

Descubrir «ese lugar de encuentro» es la danza de la vida. También es una de nuestras principales prácticas espirituales.

Cada oportunidad que aprovechamos para compartir nuestros pensamientos y sentimientos con otros nos ayuda a ir más allá de nuestra realidad basada en el ego para descubrir nuestras aspiraciones y necesidades comunes. Cada vez que abrimos mutuamente nuestros corazones, disolvemos activamente la ilusión de que estábamos separados.

En definitiva, no nos juntamos para unirnos, sino para ser testigos de que ya estamos unidos, corazón con corazón y mente con mente. Podemos salir de esa unión juzgando y resaltando nuestras diferencias, o podemos seguir juntos, aceptando y bendiciendo a cada persona tal como es.

Cuantas más veces venimos al espacio compartido, el círculo sagrado, más nos damos cuenta de que es nuestra casa, y cada excursión del ego es una desviación. Esto no significa que no volvamos a salir, pero, aunque nos alejemos uno del otro, tenemos muchas ganas de volver a estar juntos.


Sabemos dónde está nuestro hogar. Y sabemos que podemos volver a él cuando estemos listos.

LOS DOCE PASOS DEL PERDON: Acéptate como eres y acepta a los demás como son. P. Ferrini















SEXTO PASO


Acéptate como eres y acepta
a los demás como son



La aceptación es divertida. Por un lado, estamos diciendo: acepta tus errores y aprende de ellos. Por otro lado estamos diciendo: estás bien tal como eres. Estamos diciendo: acepta tu oscuridad y llévala hacia la luz. Cuando la lleves a la luz, la oscuridad desaparecerá. Pero ¿qué pasa si no desaparece?

A veces, cuando trato de llevar oscuridad a la luz, es la luz la que parece desaparecer, y me quedo en una oscuridad aún mayor. ¿Qué puedo hacer entonces? Entonces tengo ante mí una elección muy simple: puedo castigarme a mí mismo, sentirme un fracasado y condenar a Dios y al mundo, o puedo aceptar donde estoy. «Aquí estoy, en la oscuridad, y no parece haber ninguna luz. Está bien. Simplemente estoy aquí. No hay alabanza. No hay culpabilidad».

Cuando hago esto, me convierto en la luz que estaba buscando. Cada gesto de autoaceptación desvela la luz interna y ayuda a aligerar mi camino. Es posible que la ligereza sólo me dure un minuto más, pero eso está bien. Cuando me acepto, el paso siguiente viene por sí mismo.

El amor de Dios, la gracia, la guía, como quiera que lo llames, viene a través del canal de tu amor hacia ti mismo. Cuando te aceptas tal como eres, abres ese canal. Y lo mismo ocurre cuando aceptas a los demás tal como son.

El camino de la paz es simple si estás dispuesto a practicarlo:

1. Acéptate tal como eres. Estás bien con todos tus problemas, dolores y preocupaciones. No tienes que cambiar nada. No tienes que conseguir nada ni tienes que librarte de nada. Eres perfecto aquí y ahora. Deja que ese conocimiento cale dentro de ti. Conforme lo haga, los juicios se irán cayendo por sí mismos.

2. Acepta a los demás tal como son. Ellos están bien con todos sus aparentes aspectos positivos y negativos. No tienes que cambiarlos. Ellos no tienen que mejorarse a sí mismos para merecer tu aceptación. Ellos no necesitan tu aprobación y tú no necesitas la suya. Ellos están bien y tú estás bien. Nadie tiene razón. Nadie está equivocado. Existís el uno al lado del otro. A medida que aceptas a los demás, tu corazón se abre. A medida que aceptas a los demás, te haces más delicado contigo mismo.

3. Acepta tu vida tal como es ahora mismo. No tienes que cambiar nada al respecto. Cada situación es perfecta tal como es. Cada relación es perfecta tal como es. Cada lección te permite crecer. Cada obstáculo externo te ayuda a profundizar más, hasta la Fuente misma del amor. No interpretes tu vida, pues si lo haces encontrarás que le falta algo. No le falta nada. Tus interpretaciones a favor o en contra son la ilusión que has de deshacer. Acepta tu vida tal como es. Entonces, todas las creencias que no te honran o que no honran a los demás se caerán, porque no habrá nada que las sustente. Hacia el espacio vacío que creas en tu corazón al negarte a juzgar, fluye la presencia del amor. Ahora ya no estás solo. Ahora tu compañero ha llegado.

La aceptación es algo muy simple, y sin embargo es lo más difícil de aprender. Porque, con la aceptación, nuestro ego se queda a un lado. Con la aceptación, las barreras a la presencia del amor se disuelven.

Este camino es el camino de la aceptación. Te opondrás a aquello que no puedas aceptar, y en esa oposición estará tu atadura. Lo que aceptas atraviesa delicadamente tu corazón. Nada te empuja. Nada te retiene. Vas donde quiera que te lleve el amor.

Esta es una proposición que se renueva momento a momento. A cada momento, viene la resistencia o el apego. Observamos cómo viene. Observamos la lucha. Observamos cómo nos vamos cansando, hasta que finalmente soltamos. Dejamos que la lucha se despliegue. Siempre lo hace.

Nos hacemos más pacientes. Estamos más dispuestos a perdonar. Estamos más relajados. Aprendemos a ser delicados con nosotros mismos y con los demás. Esto no parece ser una gran victoria, pero lo es. Cuando no se interpone nada entre nosotros y nuestra paz, aunque sólo sea por un momento, experimentamos la divinidad dentro y fuera. No hay separación.

Éste es el fruto del camino de la aceptación.

Recuerda, en nuestra experiencia nunca hay un momento en que nuestra aceptación de nosotros mismos, y de nuestros hermanos y hermanas, no nos devuelva la paz. Nunca hay un momento en que no haya obstáculos que rendir.


Aceptamos esto no como una meta, sino como una práctica. Porque, en la práctica, conseguirnos nuestra meta.

SERGI TORRES - "Una Piedra, Una Oportunidad"

RETENER Y SOLTAR



Hemos dicho a lo largo del curso que dar y recibir son en verdad una misma cosa. Si bien en tu experiencia, la forma de dar del corazón es en verdad diferente a la de tu mente. La mente se apega  al beneficio esperado de dar, al contrario que aquella parte de ti en la que sabe dar y recibir mas allá de los limites de la mente o de las circunstancias físicas

Cualquier sensación de dar, para la mente supone en sí una perdida, razón por la cual sueles escatimar en tu “dar” poniendo limites a aquello que temes perder, incluso al amor. Pero si la única forma de recibir es dar, lo único que estas consiguiendo es privarte a ti mismo de lo que en verdad es tuyo.

En el mundo que crees vivir todas las cosas son diferentes unas de otras, asignas a cada una de ellas o a las personas, características diferenciales que en base a tus creencias o tus experiencias las hacen únicas y en definitiva especiales.

Tu mismo has creado un ser -el ego- basado en lo que crees ser, creado a tu imagen y semejanza,  siendo el principal pensamiento por el que riges tu vida y todos tus esfuerzos van dirigidos a confirmar la idea de ti. Así cualquier acción que emprendes, cualquier comentario que emites o recibes es juzgado y analizado con ese propósito: confirmar y proteger lo que crees que eres. Retener en ti la imagen que has creado de ti mismo. Decides si una acción, un comentario o un hecho es verdad si confirma tu propia imagen, y reaccionas con agravio si lo sucedido no es lo que tu piensas de ti mismo

Que ocurre por ejemplo cuando recibes una teórica ofensa? Pues que ese comentario lo asimilas con desprecio y amargura, aumentando tus resentimientos, apegándote a una situación y dando vueltas a la idea hasta que esta busca una rendija por la que escapar y explotando con el ataque o el despecho, sintiéndote culpable con ello y refugiándote más en tu propia miseria.

Retener adopta múltiples formas, pero todas ellas van encaminadas a separar la verdad de la ilusión. Que es lo que proteges sino la ilusión de ti mismo? La verdad no necesita protección, pues ante las ilusiones, estas desaparecen como la luz hace desaparecer la oscuridad.


Retienes para sentirte especial, para  sentirte diferente que los que te rodean. Tus esfuerzos por ser mejor y aumentar las diferencias se traducen en envidia, competencia, codicia… No deseas ser inteligente o tener éxito, sino ser mas inteligente o tener mas éxito que los demás, estableciendo una barrera entre tu y los que te rodean, creando una vida basada en la ilusión de la comparación  o del juicio

Reclamar como tuyo, en razón de un supuesto merecimiento basado en el especialismo, es retener para ti, quitándoselo a otro, es escatimar aquello que en realidad posees, atando tu pensamiento a lo específico en vez de a lo eterno

Soltar es apelar a la sabiduría del corazón, es retomar la relación verdadera, desprenderse de las falsas imágenes que has creado y retornar dentro de ti, al  centro de tu verdadero ser.

Es en ese centro donde descubres la verdad de la relación  en su totalidad. Rompe las barreras que tu mismo o los demás has creado entre tu y todo el resto las cosas. Has dado a muchas personas la autoridad para decidir que es lo que es la verdad, creyendo la versión que te han contado.

Decídete a aceptar una nueva autoridad: Mantén en tu corazón la idea de que más allá de tu sentimiento de ser especial, de todas las ideas de quien crees ser, abunda la verdad de tu ser verdadero, Tú mismo abrirás tu corazón a que la verdad te sea revelada, y cuando lo hagas, no reniegues de su fuente. No necesitas más que estar atento a la posibilidad de que ello pueda ocurrir, porque creer es crear, y una nueva vida fluirá llevándose todo lo viejo.



LOS DOCE PASOS DEL PERDON. Abandona la culpa y deja de juzgarte a ti mismo. P. Ferrini




QUINTO PASO

Abandona la culpa y deja de juzgarte a ti mismo

Tanto si lo sé como si no, siempre estoy atacándome a mí mismo. Tal vez crea que te estoy atacando a ti, pero eso sólo es una ilusión. Por supuesto, a veces tú también crees en mi ilusión, y entonces te sientes ofendido. Así es como funciona el mundo.

Pero, en verdad, yo no puedo atacarte. Sólo puedo atacarme a mí mismo. Todo lo que proyecto sobre ti vuelve a casa, vuelve a mí. El pensamiento es el boomerang perfecto. Siempre vuelve a la persona que lo envía.

¡Esto no tiene nada que ver con el castigo! Muchas personas, incluso las que creen en el karma, no comprenden esto. Nadie está siendo castigado por sus pecados. Simplemente está recibiendo de vuelta lo que ha enviado para poder tomar conciencia de ello. Si la persona envía ira, la ira le vuelve porque tiene que responsabilizarse de ella. Cada uno de nosotros tenemos que adueñarnos de lo que emitimos. Sólo podemos liberarnos de algo cuando nos adueñamos de ello.

Se trata de una ley simple. No hace falta que la usemos para castigarnos unos a otros. No hace falta que digamos: «Ves, desgraciado. Sabía que te iba a volver». No tenemos que jugar a ser Dios. No se nos necesita en ese papel.

Simplemente tenemos que entender que vamos a seguir cometiendo errores hasta que aprendamos nuestras lecciones. Vamos a seguir proyectando cualidades positivas y negativas en los demás mientras no estemos dispuestos a adueñarnos de ellas en nosotros mismos. Vamos a seguir atacando a los demás hasta que nos responsabilicemos del ataque.

Apropiarnos y responsabilizarnos del ataque sólo es una manera de cortocircuitar el proceso. Yo digo: «De acuerdo, ira, ya sé que me perteneces, de modo que no voy a pretender que provienes de otra persona». Eso no significa que no exprese la ira. Si está ahí, es mi responsabilidad expresarla. Pero debo hacerlo sabiendo que me pertenece a mí. De esa manera no tiene por qué ir hacia fuera, quedarse pegada a alguien que se sienta suficientemente culpable como para recogerla, y después volver a mí en forma de algún resentimiento callado.

Me responsabilizo de la ira. Entiendo que no es a ti, sino a mí mismo, a quien ataco. No me pierdo en la proyección, o al menos no me pierdo cuando tengo éxito en mi intento de responsabilizarme.

No siempre tengo éxito, ni tampoco suelo tenerlo a la primera. A veces te ataco, y a veces me apropio del ataque. Cuando te ataco, me siento culpable porque creo que puedo herirte. Llevo esa culpabilidad conmigo y entonces, cuando tú u otra persona me ataca, mi culpabilidad invita a ese ataque a quedarse pegado a mí. Todo este proceso es muy extraño.

Cuando te ataco, me siento muy mal. Eso me pone en el centro de la diana de otro posible ataque.Todos los extraños que tienen ira acumulada, sienten en mí una víctima potencial cuando paso a su lado. ¡Hasta los pastores alemanes pueden oler el aroma!

Cada vez que te ataco, establezco mi propia culpabilidad. Si no crees que esto sea verdad, lee crimen y castigo, de Dostoievsky. En la novela, Roskolnikov intenta perpetrar el crimen perfecto. Cree que si mata por una buena razón, no se sentirá culpable por haberlo hecho. Pero no funciona.

Cierto, no le pillan. Consigue que no le acusen del crimen. Pero no puede vivir con la culpa. Finalmente, se entrega a la policía.

Esto es lo que todos tenemos que hacer: entregarnos.

En cuanto atacamos, tenemos que recordar que estamos afirmando nuestra culpabilidad.

Confesémoslo inmediatamente. ¡Al infierno con las justificaciones! Sabemos que el ataque no puede ser justificado. De modo que responsabilicémonos de sanarnos y de sanar a los demás.

«He cometido un error, hermano. Te he atacado porque tenía miedo. Pensaba que tenía derecho a atacarte, pero me equivoqué. Perdóname. Ayúdame a seguir mi camino».

Cuando hago de mi ataque una petición de amor, mis hermanos y hermanas me permiten que me acerque a ellos. Este es un gesto de reconciliación.

Si reconozco mi ataque y asumo la responsabilidad de corregirlo, mi culpabilidad no se queda fijada.

La culpabilidad se queda fijada cuando justifico mi ataque y me niego a enmendarme. La culpabilidad crónica no es más que la negativa continuada a asumir la responsabilidad de reconocer y aprender de mis errores. Nadie se convierte en un saco de arena, de esos que usan los boxeadores, sin que haya una causa para ello. Sin embargo, la causa suele estar profundamente enterrada en la psique.

Cada vez que te ataco, me ataco a mí mismo. Ese ataque puede venir en forma de un juicio sutil, pero, si se repite una y otra vez, me envía continuamente el mensaje de que no soy adecuado.

No es coincidencia que los individuos que tienen menos autoestima sean los que más juzgan a los demás. Cuanto más nos dedicamos a juzgar a los demás, más nos juzgamos inconscientemente a nosotros mismos.

Todas las proyecciones vuelven a casa. Ésta es la función de la culpabilidad. A cierto nivel, se niega a permitir que nuestro ataque nos deje. Simplemente no podemos atacar a los demás sin sentirnos responsables del ataque en algún nivel de nuestro ser.

Cuando llevamos esta responsabilidad a la conciencia, podemos empezar a sanar. Cuando dejamos que siga siendo inconsciente, atraemos sucesos que nos obligan a tomar conciencia no sólo de nuestros ataques hacia los demás, sino del profundo odio que sentimos hacia nosotros mismos, que es el que provoca esos ataques.

La culpa y la responsabilidad se excluyen mutuamente. La culpa se queda pegada a la herida, impidiendo que ésta se cure. El primer paso del proceso de curación es la responsabilidad.

Para soltar la culpa y dejar de juzgarnos, debemos empezar a responsabilizarnos de nuestros ataques contra otras personas. Debemos tomar conciencia de nuestras proyecciones en cuanto ocurren.

Tomando conciencia de nuestro ataque, vemos la causa que está detrás. Vemos nuestros propios miedos, nuestros juicios profundamente arraigados y nuestros sentimientos de inadecuación. Vemos nuestra profunda llamada al amor.

Esto es esencial. No podemos empezar a perdonarnos a nosotros mismos hasta que no nos demos cuenta de que toda nuestra oscuridad es una llamada a la luz, y de que toda nuestra ira y dolor son una llamada al amor. Tenemos que reconocer esto, porque de otra manera tomaremos nuestra conciencia y la usaremos para golpearnos a nosotros mismos.

¡No debemos subestimar este peligro! Si dejamos nuestro proceso de curación en manos del ego, no pasará de ser otro proceso en el que volveremos a herirnos. Sólo el Espíritu puede estar al cargo de nuestra curación, porque el Espíritu confirma nuestra validez, al tiempo que nos anima a enmendarnos y a aprender de nuestros errores.

Yo no soy malvado por haberte atacado, y tú tampoco eres malvado por haberme atacado. Nuestro ataque mutuo viene de que ambos nos sentimos profundamente inadecuados. Viene de un lugar en el que ni tú ni yo nos sentimos amados.

Reconocer esto es el principio de la llamada a la gracia. Comenzamos a ver, incluso en la oscuridad, con los ojos del amor.

Mientras yo mismo me crucifique o te crucifique por cometer un error, nuestra curación no puede comenzar.

Lo importante no es el error. Es el aprendizaje, el crecimiento, el cambio de percepción que el error trae consigo.

Cuando entiendo esto, me doy cuenta de que mis lecciones están bien. Me doy cuenta de que tus lecciones están bien. Tengo una base sobre la que avanzar. La reconciliación y la reconstrucción comienzan sobre esta base. Éste es el verdadero fundamento de la curación, el perdón de todos los errores y la gratitud de la conciencia que nos aportan.

Recuerda, la responsabilidad no viene del ego. La culpa, sí. La culpa prolonga la sensación de separación. Mantiene la herida abierta.

La culpabilidad dice: «Nada que yo pueda hacer será suficiente para enmendar mis errores».

La responsabilidad dice: «Abrí esta herida y puedo cerrarla».

Es importante entender la diferencia.

Muchas ideas Nueva Era han sido usurpadas por nuestros egos, que las usan como herramientas no para crecer, sino para castigarnos y castigar a los demás. Muchas personas, estando muy enfermas, han tenido que escuchar estupideces como: «Tú te has enfermado a ti mismo. Es tu propia ira la que te ha producido el cáncer. No te estás curando porque aún estás apegado a tu ira». ¿Estábamos hablando de no culpabilizar? Este tipo de sermones son cosa del ego, que está tratando de repetir el mensaje de la responsabilidad. No funcionan.

Cuando el Espíritu toma a su cargo el programa de la responsabilidad, hace que todo esté bien. Hace que esta enfermedad, el cáncer o cualquier otra, sea un lugar desde el que crecer. No mide el progreso con criterios externos. Tan sólo dice: hay un lugar interno donde es posible encontrar paz.

Cuando hablamos de curación, hablamos de abandonar los juicios sobre nosotros mismos y la culpabilidad por los errores del pasado. Esto exige responsabilidad y delicadeza. Se trata de soltar lo que no nos pertenece. Se trata de lavar esa sustancia pegajosa que aparece sobre nuestra piel cuando nos dedicamos a justificar nuestros juicios sobre los demás. Se trata de bañar la totalidad del alma en amor y aceptación.

Y esto nos lleva al Sexto Paso.

LOS DOCE PASOS DEL PERDON. Encuentra la igualdad con los demás P. Ferrini




Segunda piedra angular

ENCUENTRA LA IGUALDAD CON LOS DEMÁS

La clave para hallar nuestra igualdad con los demás reside en nuestra práctica individual de asumir responsabilidad. Mientras asumamos la responsabilidad por nuestra propia vida, no estamos poniendo cargas innecesarias sobre nuestros propios hombros ni expectativas inadecuadas en los demás.

Sin embargo, inevitablemente, tal como cometo errores con mi propia práctica, también cometo errores en mis relaciones. Asumo demasiada responsabilidad aquí, y no la suficiente allí. Me excedo aquí y me quedo corto allí. Decido por ti cuando tú tienes que decidir por ti mismo. Y dejo que decidas por mí cuando tengo que tomar mi propia decisión. Las fronteras que se afirman a sí mismas de manera natural cuando ambas personas son responsables empiezan a desdibujarse. El resultado es el abuso y la codependencia.

Pierdo constantemente mi sentido de la igualdad con los demás. Aquí me siento elevado. Y allí soy denigrado. No siento que ninguna de estas posiciones sea correcta. Quiero estar cara a cara. Quiero reciprocidad, equidad, igualdad. Sin embargo, la única manera de encontrarlas es asumir responsabilidad por lo que ocurre cuando no las encuentro.

En este momento, me siento herido por ti, pero me doy cuenta de que tú no eres la causa de mi herida. Mi herida existía antes de que tú me tocaras en ese lugar sensible.

O me siento enfadado contigo porque me has decepcionado. Sin embargo, tú no eres la causa de mi decepción. Las expectativas que pongo en ti me programan para el rechazo. Tú simplemente entras en mi programa. Tú apareces como un espejo para mostrarme que mis expectativas son disfuncionales. No puedo cambiar lo que haces o dejas de hacer, pero puedo cambiar mis expectativas con respecto a ti.

Yo no puedo cambiarte. Por lo tanto, mi única postura hacia ti debe ser de aceptación. Cuando no te acepto tal como eres, pierdo mi paz.

Jesús dijo: «Haz a los demás lo que te gustaría que ellos te hicieran a ti». Ésta es una práctica espiritual primaria, tan importante como asumir responsabilidad por tu propia vida.

Si juzgas a los demás, alteras tu paz, porque interiorizas todos los juicios que haces. Si aceptas a los demás, te bendices a ti mismo, porque lo que envías hacia fuera vuelve a ti.

Lo más importante es entender que cada pensamiento vuelve a casa. La proyección es una ilusión. Puedo odiar algo en ti, pero ese odio permanece en mi interior. Pienso que el odio va hacia ti, pero eso sólo ocurre si tú lo tomas. Si tú no reconoces mi odio, no se queda adherido a ti.

Todos los pensamientos vuelven a casa. No puedo dar la cara ante ti porque no puedo dar la cara ante mí mismo. Creo que eres censurable porque no estoy dispuesto a lidiar con mi propia vergüenza.

Cada reacción hacia otra persona de mi vida me refleja algo, es un espejo para mí. Cualquier cosa que vea en ti y que no acepte me habla de lo que no estoy dispuesto a aceptar en mí. Cualquier cosa que espere de ti y que tú no puedas darme me indica lo que tengo que darme a mí mismo.

Toda relación ofrece un medio para el aprendizaje o un medio para la autocrucifixión. Cuando me miro en el espejo de tus ojos, me doy permiso para crecer. Cuando encuentro limitaciones en ti, me niego a ir más allá de mi duda con respecto a mí mismo.

Siempre te usaré como excusa, como razón por la que no puedo crecer. Pero eso no cambia nada. Mi crecimiento sigue siendo mi responsabilidad, por mucho que trate de poner esa responsabilidad en tus manos.

Si eres lo suficientemente necio para aceptar una responsabilidad que no te corresponde, eso sólo puede significar que tú también tienes que aprender a responsabilizarte de ti mismo. Los miembros pasivos y agresivos de una pareja tienen que aprender la misma lección. Simplemente representan extremos opuestos de lo mismo. Y, tal como nos enseña la sabiduría taoísta, los opuestos no están tan lejos como pensamos.

De modo que en el ejercicio de encontrar mi igualdad contigo es cuando la pierdo, y en el ejercicio de perderla la encuentro. Si no crees que esto sea así, pregúntate: «¿Cómo podría encontrarla si no la hubiera perdido?». No habría nada que encontrar, no habría sensación de haber perdido algo. Y si tengo la sensación de haber perdido algo, esa sensación debe venir del recuerdo de un tiempo en el que no sentía pérdida alguna. «¿Cómo podría perder algo que nunca tuve?».

La igualdad es real. La desigualdad no lo es. Sin embargo, a través de la desigualdad es como aprendo sobre la igualdad. Cuando entiendo realmente la igualdad, me doy cuenta de que siempre ha estado ahí. Nunca la he perdido. Sólo pensaba que la había perdido.

El proceso de pensar que la he perdido y darme cuenta de que no, abarca todo el espectro del perdón, desde el primer paso de reconocer que estoy molesto hasta el último de abrir mi corazón a la paz que siempre está allí. Sé que finalmente soy perdonado cuando me doy cuenta de que no hay nada que perdonar. Un Curso de Milagros lo dice así: «Nada real puede ser amenazado. Nada irreal existe».

Nunca pierdo mi inocencia, y tampoco la pierden mi hermano o mi hermana. Simplemente parecemos perderla, tal vez durante un momento, durante un día o dos, o quizá durante toda la vida. El periodo de tiempo no tiene importancia porque, cuando despertamos, olvidamos el sueño. Permanecer en la ilusión no hace que seas malo. Tan sólo prolonga tu sufrimiento. Cuando estás preparado, sueltas ese sufrimiento. Y una vez que lo has soltado, no importa si lo tuviste durante dos minutos o durante diez años. Ya no existe.

No resulta fácil llevar esta comprensión a nuestras relaciones. Tal como nos involucramos con los atributos físicos del mundo y nuestra percepción de ellos, también nos involucramos con nuestras relaciones y con las emociones que suscitan en nosotros. No estamos preparados, tal vez, para ver todo esto como un sueño de desigualdad, y sin embargo eso es precisamente lo que es cuando quiera que nos sentimos molestos.

Todo nuestro dolor es el resultado de ver algo que no está allí. Pensamos que está allí porque nuestras ideas y creencias parecen quedarse pegadas a ciertas personas y situaciones. Pensamos que eso da credibilidad a esas ideas, porque ahora están situadas en el marco de una relación. Pero eso sólo complica el guión y hace salir a escena toda una nueva serie de personajes.

De modo que tenemos que reconocer y aceptar el hecho de que aquí estamos dirigiendo nuestra propia película. Y lo que vemos en la pantalla que está ahí fuera sólo es un reflejo de los contenidos de nuestra conciencia.

No obstante, debemos darnos cuenta de que la nuestra no es la única película que se está rodando. Las mismas personas que parecen ser actores o técnicos en nuestra película están dirigiendo sus propias películas, en las que nosotros somos los personajes o el cámara. La película Rashomon, de Akira Kurosawa, expresa este concepto con gran lirismo y compasión.

Es posible que en último término no haya fronteras entre nosotros, pero es imposible que nos unamos a menos que reconozcamos los límites de nuestra propia experiencia y honremos la experiencia de otras personas. No tenemos por qué estar de acuerdo entre nosotros. Pero sí tenemos que respetarnos mutuamente. El consenso, en la medida que sea posible, surge de una atmósfera de respeto mutuo. Sin ese respeto mutuo, que significa fronteras saludables, el consenso será inevitablemente forzado. Y el consenso forzado es tan ridículo como suena.

Encontrar nuestra igualdad con los demás significa reconocer que hay muchas maneras de mirar cualquier situación, y nosotros sólo tenemos una de ellas. Escuchar a los demás, respetar sus ideas y experiencias, nos ayuda a abrirnos a un espectro de realidad más amplio. Nos permite abrir las puertas de nuestra prisión conceptual y caminar libremente a la luz del día. Nos ayuda a comprender los límites de nuestro conocimiento, para poder entrar en lo desconocido, solos y juntos.