DESPERTAR AL AMOR

con un curso de milagros

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despierta al amor

¿QUE SIGNIFICA DAR MILAGROS A OTROS?


Si somos estudiantes de Un Curso de Milagros®, debemos estar aprendiendo a ser obradores de milagros, ¿no es cierto? Por lo tanto nos ocupamos de dar milagros y ofrecerlos a todos los que se cruzan con nosotros, ¿no es cierto? Esa parece ser la conclusión lógica, sin duda, aunque no sabemos si realmente lo estamos haciendo. ¿Cómo es esto? Si nos preguntaran, podríamos responder:
¿Qué es un milagro, al fin de cuentas? Y si mi "única responsabilidad" como obrador de milagros es aceptar la Expiación para mí mismo (T-2.V.5.1), ¿qué es todo esto de ofrecer milagros y darlos a otros? ¿Cómo ofrezco un milagro, y por qué?
El Curso dice que deberíamos ofrecer milagros:
"En el tiempo, se te ha dicho que obres milagros tal como yo te indique, y que permitas que el Espíritu Santo te traiga aquellos que te andan buscando." (T-15.V.10.7)
"Y ofrecerás milagros debido a que eres uno con Dios." (L-pI.77.1.3)
Para entender lo que significa ofrecer un milagro, tratemos primero de entender qué es un milagro. En una parte el Curso dice, "Un milagro es una corrección que yo [Jesús]introduzco en el pensamiento falso" (T-1.I.37.1), y en otra parte, un milagro parece ser el equivalente de restituir la mentalidad recta (T-2.V.3:1-5). Estos pasajes, y otros, me han llevado a la conclusión que un milagro es la actividad de Jesús o del Espíritu Santo que cambia nuestra percepción desde falsa a verdadera. Lo típico sería que el cambio de percepción quita de nuestra mente alguna forma de culpa, permitiéndonos ver la perfecta inocencia del Hijo de Dios tanto en otros como en nosotros.
El cambio es puramente interno. ¡Aunque de todos modos, todo es interno! Como dice Fred Alan Wolf en la película ¿Qué sabemos? "No hay un 'afuera' afuera," lo mismo que afirma el Curso: "No hay nada externo a ti. Esto es lo que finalmente tienes que aprender, pues es el reconocimiento de que el Reino de los Cielos te ha sido restaurado." (T-18.VI.1.2) Lo que parece ser externo viene de nuestra mente (T-20.VIII.9:4-7), y así, el cambio interno inevitablemente produce un cambio en cómo vemos el mundo, y el milagro que hemos recibido termina siendo ofrecido a otros. No buscamos un cambio en el mundo, pero  cambiamos el mundo al cambiar nuestra mentalidad.
Probablemente preguntes, "¿Bueno, si un milagro es un acto del Espíritu Santo, cómo podré ofrecérselo a otros?" El Curso a veces parece combinar ese acto del Espíritu Santo con su efecto en la mente, el cambio en nuestra percepción. Podemos ofrecer ese cambio a nuestros hermanos y hermanas. "Cada milagro que le ofreces al Hijo de Dios no es otra cosa que la verdadera percepción de un aspecto de la totalidad." (T-13.VIII.5.2)
Por ejemplo, supón que en mi mente he juzgado y condenado a alguien por mentirme. Tal vez lo haya tildado inconscientemente de pecador indigno de mi amor. Entonces, al llevarle la situación al Espíritu Santo, la luz entra a mi mente y cambia mi percepción. ¡De repente, veo que las mentiras de mi hermano no son pecados, sino un pedido de ayuda, que no exigen castigo sino… bueno… ayuda! Después de ese cambio, me encuentro con él sin juzgar. Queda claro por mis palabras o acciones que no lo juzgo. Dicho simplemente, estoy practicando el perdón. Y cuando hago eso, ofrezco un milagro a mi hermano. Con sólo abrirme a la percepción verdadera de mi hermano (que es "un aspecto de la totalidad"), me convierto en obrador de milagros.
Mi hermano previamente recibió mi impresión de que era un mentiroso. Probablemente lo haya juzgado abiertamente por sus mentiras, y él se sintió culpable por ello. Ahora, él se encuentra con que tengo una nueva percepción de él, lo cual le permite recibir esa nueva percepción en reemplazo de la anterior. Él se puede ver a sí mismo como inocente; él puede experimentar el perdón. A través de mí, el Espíritu Santo le está ofreciendo el mismo milagro que Él me ha dado a mí. Por lo tanto, en el milagro algo nos sucede, y compartimos ese algo con otros: "Das el milagro que recibes." (T-25.IX.10.1)
"Nadie puede pedirle a otro que sane. Pero puede permitirse a sí mismo ser sanado, y así ofrecerle al otro lo que él ha recibido. (T-27.V.1.7)
Ofrecer un milagro significa compartir la percepción verdadera que el Espíritu Santo nos ha dado, que es la visión de Cristo:
"Hoy dejo que la visión de Cristo contemple todas las cosas por mí, y que en lugar de juzgarlas, les conceda a cada una un milagro de amor." (L-pII.349.Título)
Mirar con la visión de Cristo significa que no juzgamos lo que estamos viendo, y estamos llamados a ofrecer este milagro a todos. Al hacerlo no sólo los liberamos a ellos, sino que nos beneficia a nosotros:
"Ofrece el regalo de Cristo a todo el mundo y en todas partes, pues los milagros que le ofreces al Hijo de Dios a través del Espíritu Santo te sintonizan con la realidad." (T-13.VIII.7.2)
Jesús me da un milagro cuando él me restituye (temporalmente al menos) a mi mente correcta, corrigiendo los errores de mi pensamiento. Yo doy el milagro a otro al aplicar o extenderles aquello que me fue dado. Los veo como el santo Hijo de Dios, a la luz de la verdad, y tal vez le diga o haga algo que le ayude a esa persona a conectarse con su propia mente correcta. Cuando ello sucede el milagro regresa a mí: "Hoy sólo ofrezco milagros, pues quiero que retornen a mí" (L-pII.345.Título). Cuando le doy un milagro a un hermano, y él lo recibe, yo también lo recibo de vuelta:
"Los milagros son una forma de dar aceptación y de recibirla." (T-9.VI.6.3)
En los Evangelios, Jesús dijo, "Den y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante." (Lc 6:38) Lo que dan, lo reciben de vuelta multiplicado. Ustedes reciben el milagro inicial, cambiando su percepción de un hermano. Ofrecen esa percepción cambiada, mostrándole su inocencia. Cuando lo recibe, convirtiéndose en un receptor del milagro (T-2.V.3:2), el circuito del milagro se completa. Él se libera de la culpa, tú ves los resultados, y sabes que un milagro se ha obrado a través tuyo. Sabes que Dios está en ti, y por lo tanto, la sanación que sucedió en tu mente aumenta y se refuerza. Esta progresión de tres pasos ocurre una y otra vez en el Curso: recibes, das, y recibes más profundamente. "Al dar es como reconoces que has recibido" (L-pI.159.1:7).
Ofrezcamos entonces, día a día, los milagros del perdón a todos en todos lados:
Cuando te sientas tentado de atacar a un hermano, recuerda que su instante de liberación es el tuyo. Los milagros son los instantes de liberación que ofreces y que recibirás. (T-15.I.12:3-4)

LOS DOCE PASOS DEL PERDON: Cuarta piedra angular RECUERDA EL AMOR DE DIOS P. Ferrini




Cuarta piedra angular


RECUERDA EL AMOR DE DIOS



Siempre hay sucesos y circunstancias que nos ocurren en la vida y nos dejan anonadados, nos derrumban, nos incomodan. Perdemos un trabajo, o alguien muere, o una relación acaba. Y nos sentimos atacados, decepcionados, descorazonados. Sentimos que hemos fracasado.

Cada suceso aparentemente negativo que nos ocurre en la vida toca en primer lugar nuestra culpabilidad. Y antes de que nos demos cuenta, nos hemos hundido en un agujero negro emocional. En ese agujero nos sentimos indignos. Dios no nos ama. No les importamos a los demás. Y nuestras vidas están vacías y no tienen significado.

¿Quién no ha estado en este lugar?

Éste no es únicamente el lugar de las expectativas insatisfechas, también es el lugar del dolor existencial, donde nos sentimos expulsados del jardín, donde las lágrimas fluyen y rebosan, en la sombra de lo que podría haber sido. Éste es el lugar de nuestras heridas colectivas.

No lo sabemos, pero sentimos la pena de haber perdido la intimidad con lo divino. Nuestra conexión con nuestra Madre/Padre se ha vuelto tenue y esquiva. Cuanto más tratamos de dirigir nuestras vidas, nuestros sentimientos de separación se intensifican. Nuestra fragmentación aumenta en la medida que nos enfocamos en la parte de nuestra vida que parece vacía.

Desde nuestra soledad, gritamos, sin esperar ser oídos. Y, sin embargo, es precisamente en este lugar de la herida y de un extraño silencio donde nuestra Madre/Padre se dirige a nosotros. Venimos vacíos, dispuestos a escuchar. Hemos venido con humildad y tendiendo la mano. Hemos venido esperando en contra de toda esperanza. Hemos venido sabiendo que aquí debe haber algo, pero sin saber qué es.

Si no has estado en este lugar, no te lo puedo describir. Si has estado en este lugar, y no has sentido que algo se agitaba por dentro, cierta calidez y batir de alas en medio del dolor, entonces no puedo ayudarte.

Éste es un lugar que cada uno de nosotros debe encontrar por sí solo. Ésta es la habitación de la que nadie sale sin ser transformado.

Desde este lugar de desolación, nuestras alas se reparan. Las viejas penas se purgan. La culpabilidad se vacía de su copa sin fondo. La oscuridad del amanecer es devuelta a la medianoche. La mancha de sangre de la herida que sella el corazón puede verse sobre la piel. Aparece un cuerpo sobre la cruz vacía.

El hombre y la mujer no vienen a esta tierra a sufrir, sino a abandonar el sufrimiento. Algunos creen que esto puede hacerse a través de la negación. Deben averiguar que eso es imposible.

La ruta hacia la alegría atraviesa el sufrimiento. Uno se tropieza inesperadamente con la única herramienta que se le ofrece en el viaje. Al principio, uno no comprende que es una herramienta.

En mi dolor, encuentro perdón. En mi dolor, encuentro el amor de Dios. Esto no ocurre hasta que yo lo permito. Es posible que me lleve mucho tiempo. Pero, cuando extiendo mi mano, veo que la liberación es posible. Cuando abro mi corazón a la presencia que no puedo ver, siento que se une a mí. Siento que me ayuda a ponerme de pie. Siento que se alza y camina conmigo, y me guía en mi viaje.

Algunos nunca encuentran la herramienta. No dan a los demás lo que los demás deben aprender para dárselo a ellos. Y retienen de ellos mismos lo que deben aprender para poder dárselo a los demás. Se miran en el espejo sin reconocer la imagen que les mira de vuelta. Rompen el vaso y usan los cristales para cortar sus ataduras y salir corriendo.

Pero la libertad no puede conseguirse a zarpazos. Por cada zarpa hay un ala, apenas recordada, un ala que espera ser puesta a prueba en la soledad del corazón. Cada alma tiene una cita con Dios.

Desde el momento en que se produce el encuentro, por fin sabemos que no estamos solos. Sabemos que todo el dolor, toda la separación, toda la culpabilidad y la vergüenza son una ilusión. Sabemos que somos amados y que nunca hubo una ocasión en que no lo fuéramos.

Entonces nos alejamos de la intensidad de ese momento. Nuestras vidas vuelven a ser más previsibles. Nuestra visión se estrecha. Retiramos la mano que teníamos tendida. Nuestra atención va de aquí para allá. Estamos inquietos. Estamos aburridos. Tenemos que superar otra crisis. Necesitamos correr riesgos para poder volver a caernos al suelo.

No tenemos por qué desplegar esta farsa. Pero lo hacemos. Nuestra pequeña dosis de buena voluntad está adherida a nuestro dolor. Sin nuestro dolor, no podemos rendirnos. Sin dolor no podemos recordar que nos resulta imposible controlar nada en la vida. Si no somos tocados en lo profundo de nosotros mismos, seguimos creyendo que estamos al cargo y que sabemos lo que estamos haciendo.

Evidentemente, no hay nada más alejado de la verdad. Ésta es la lección de nuestro dolor y sufrimiento. Ésta es la lección de la ilusión. Parece que tenemos el control, pero no lo tenemos. Creemos que sabemos lo que necesitamos, pero no lo sabemos.

Todo aquello por lo que luchamos, todo lo que percibimos, está lleno del vacío que llevamos a ello. Buscamos la plenitud, pero nunca la encontramos, porque no existe aparte de nosotros. Y no forma parte de la mentalidad de nuestro ego. No forma parte de la búsqueda y de las leyes de la búsqueda. No obedece las leyes del vacío.

¿Empiezas a entender? Cada pérdida, cada dolor, nos lleva a ese lugar de vacío interno donde Dios habita y nos espera. Si lo llenáramos, Ella/Él siempre aplazaría el encuentro. Cualquier adicción, expectativa o sistema de creencias se interpone entre Dios y nosotros, y se apodera del lugar de silencio. Para estar con Dios, tenemos que ir con las manos vacías, sin pensamientos, al lugar donde podemos escuchar y estar. Con el tiempo, llegamos a entender que esto es así. Y llegamos a entender que no es un lugar externo, sino un lugar interno.

No es una sala de meditación ni una iglesia, sino un instante de tiempo, santificado por nuestra intención. Se abre cuando se lo permitimos, cuando estamos molestos y pedimos ayuda. Cuando estamos desencajados de la rutina, expulsados, vueltos del revés, y preparados para recibir ayuda; el templo está preparado.

En el momento de nuestro torbellino emocional, cuando hemos perdido la paz, por la razón que fuera, sólo tenemos que dejarlo todo atrás y entrar. Tenemos que dejar atrás los pensamientos de juicio, la tentación de evaluar o de dar significado a lo que vemos Tenemos que dejar atrás lo que percibimos y entrar.

Porque nada de lo que vemos significa nada, hemos dado a todas las cosas el significado que tienen para nosotros. Pensamos que sabemos lo que son, pero no lo sabemos. Pensamos que sabemos quiénes somos, pero no lo sabemos. No sabemos nada. No sabemos. Desnudos, entramos en el corazón. Con las manos vacías y sin pensamientos, entramos en el lugar de los silencios.

Vivir en la conciencia del amor de Dios significa llegar a entender y aceptar nuestra completa incapacidad de entender cualquier cosa por nosotros mismos. Significa renunciar a nuestra necesidad de conocer o controlar. Significa aprender a confiar en que todo lo que nos ocurre tiene una razón, aunque no podamos verla. Todo lo que entra en mi vida trae una bendición silenciosa, aunque yo no pueda sentirla.

Cuando estoy herido, déjame recordar el amor de Dios. No permitas que evalúe, o juzgue, o piense que sé por qué. No me dejes atacar o defenderme, negar o justificar. Simplemente, déjame recordar el amor de Dios.

Eso es todo lo que necesito. Eso es todo lo que hay.

En lugar de la ilusión, déjame encontrar esta simple verdad. Ante el poder del amor de Dios en mí, todo lo demás palidece. Todo lo que espero es insignificante ante este amor omnipenetrante que nos atraviesa a ti y a mí, y a todo el que se abre a él.

En lugar de juegos de poder, déjame rendirme a esta simple verdad. Dios nos ama igualmente a ti y a mí. Entonces, ¿cómo podría haber victoria o derrota para cualquiera de nosotros? En lugar de los juegos de culpabilidad, déjame recordar que soy inocente, y tú también. Cualquier cosa que te haya hecho, cualquier cosa que me hayas hecho, queda perdonada. Ciertamente, a los ojos de Dios, nunca existió. No es sino la ilusión de nuestra obra de teatro.

Ataque, asesinato, violación, abusos de cualquier tipo, ¿crees que Dios entiende de estas cosas? ¿Crees que estos actos de desesperación son reales para el Rey del Amor?

Si fuera así, Él respondería vengándose, lloviendo fuego y destrozando la carne, castigándonos por nuestros pecados. Pero, al hacerlo, dejaría de ser el Dios del amor. La Verdad se volvería relativa. La violencia sería un atributo de Dios, y por tanto se convertiría en nuestra herencia.

¿Somos los hijos de un Dios iracundo? Si es así, no seremos salvados de este valle de lágrimas. Si es así, lo único que hay es la ilusión.

Lo que crees sobre Dios es lo que crees sobre tu hermano y tu hermana. Debemos ver esto con claridad.

Si pones el mal por encima de ti y le das la forma de Dios, entonces también lo pones por debajo de ti en forma de pecado, culpa y vergüenza, y te lo encuentras en todos los rostros que ves al caminar por la vida.

¿Quieres caminar con el bien o con el mal? ¿Cuál es tu elección? Una elección confirma la ilusión. La otra atraviesa el velo y te lleva a la verdad.

Vivir en la conciencia del amor de Dios es entender que nunca te ha ocurrido nada malo, porque, ¿cómo le podría ocurrir algo malo al hijo o a la hija de Dios? En verdad, eso no es posible.

Ocurren cosas que parecen malas, pero yo no sé qué significan. No soy capaz de juzgarlas. Soy inocente y libre. Porque el que sabe me guía a lo largo de este día, de esta hora, de este momento de lágrimas o de pena silenciosa.

Parece ocurrir algo malo y descubro que quiero asumir la culpa o cargártela a ti, pero veo que sólo es mi mente la que está en piloto automático, tratando de evaluar lo que no es ni bueno ni malo. De modo que simplemente lo dejo ser. No lo niego. No lo justifico. Simplemente dejo que todo sea tal como es. Y digo: «Muéstrame el camino de vuelta a casa. He perdido la paz».

Mi vida es una oración que pide paz. Mi vida es una oración que pide verdad. En la aparente ausencia de amor, pido amor sin avergonzarme. Porque amor es lo que quiero y amores lo que necesito.

Seamos benditos cada uno de nosotros, que caminamos lentamente hacia la luz. A través de lugares oscuros, caminamos. A través de nuestro dolor, caminamos. A través de nuestra pena y de nuestra vergüenza y de nuestro sufrimiento, caminamos.

Este es nuestro viaje a través de la oscuridad. Nos aproximamos al momento de la primera luz confiando en lo que la llama a ser. El Amante llama a la Amada, y la Amada aparece. La Amada aparece, y nos carga a la espalda, y junto a ella está nuestro Padre, el portador de la luz, que abre el camino que nos saca de la oscuridad.

Los errores tardan, pero acaban atrayendo el perdón. La marea de la aceptación y el amor acaba lavando la mancha. Éste es el viaje sin distancia, el viaje sin principio ni fin. Porque el amor no condena, sino que nos recuerda que siempre hemos sido libres. Libres de aprender y libres de perdonar.

No es el caparazón externo lo que importa, sino lo que hay dentro. Y dentro de la forma hay un delicada presencia que dice: «Éste es mi hijo o hija en quien tengo puesta mi complacencia». Dentro de la forma está el amor incondicional que mantiene el universo en su lugar, el amor que hace que las flores se desplieguen en la brisa primaveral y que las olas lleguen continuamente a la orilla. Dentro de la forma está lo que se extiende a través de ella, como una respiración, respirándonos, amándonos, haciendo que nos rindamos a ello.

Sólo hay una flor, un océano, un pensamiento. Y todos pertenecemos a él, ahora y siempre. Recordémoslo.

Recordemos.


Namaste.







PAUL FERRINI, es autor de más de 40 libros sobre el amor, la sanación y el perdón. Su combinación única de espiritualidad y psicología va más allá de la autoayuda y la recuperación hasta el núcleo mismo de la curación. Sus conferencias,retiros y Proceso de Grupos de Afinidad han ayudado a miles de personas a profundizar en su práctica del perdón y a abrir sus corazones a la divina presencia en sí mismos y en los demás.

Para más información sobre el trabajo de Paul, visita la página web: www.paulferrini.com. Contiene muchos extractos de los libros de Paul, así como información sobre sus talleres y retiros.

COMO PRACTICAR LA VIGILANCIA MENTAL

La Sección IV, "Esto no es necesario", da una muy clara descripción de la vigilancia mental. La primera frase es lo que no queremos reconocer: "Si no puedes oír la voz de Dios, es porque no eliges oírla". Esta elección de no oír es lo que estamos intentando descubrir. Y "que tú escuchas la voz de tu ego queda demostrado por tus actitudes, tus sentimientos y tu comportamiento" (T-4.IV.1:2). Para ver esto, también, es para lo que estamos observando. Estamos vigilando nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y nuestro comportamiento para darnos cuenta de las formas en que escuchamos al ego.
Más adelante, en la misma Sección IV de este capítulo, Jesús dice que ha hablado del ego como si fuera real porque "era necesario persuadirte de que no puedes desecharlo un poco, y debes comprender en qué gran medida de tu sistema de pensamiento está dirigido por el ego" (T-4.VI.1:3,4). Esto es lo que Jesús nos está pidiendo que observemos: hasta qué punto nuestro pensamiento está dirigido por el ego. No comprendemos lo que hemos estado haciendo porque el ego es hábil en ocultarse a sí mismo. "¿Cómo puede mantener la trampa de su existencia excepto con espejos?" -(T-4.IV.1:7). El ego tiene que engañar, distraer y desenfocar nuestra atención para mantener su existencia. Esto es exactamente por lo que tenemos que observar nuestras mentes, vigilarlas cuidadosamente, ser dolorosamente honestos con nosotros mismos, y hacer un esfuerzo serio para ello. ¡No es fácil!
En el párrafo 2, el Curso especifica qué es lo que se nos está pidiendo, lo que estoy denominando "vigilancia mental". Comienza recordándonos que no se nos está pidiendo cambiar nuestra mente. Es nuestra mente la que está escuchando al ego y eligiendo no escuchar al Espíritu Santo. Podemos cambiar esto, aunque podemos pensar que no podemos. Aquí el Curso traza un proceso que vamos a seguir, un proceso en el que veo cinco pasos. (Los cinco puntos están sacados del T-4.IV.2:1-9 o de la página 57 de la primera edición original en inglés; en lo que sigue, utilizo únicamente los números de frase como referencias).

1. Sé consciente de tu estado de ánimo.


"Cuando tu estado de ánimo te diga que has elegido de forma equivocada, y esto es así siempre que no estés alegre…" (2).
El Curso nos pide empezar por ser conscientes de nuestro humor y sentimientos. En el momento en que notemos una falta de alegría, algo falta. Hemos hecho una elección equivocada en nuestras mentes, y el resultado es un estado de falta de alegría. Nuestros ánimos y sentimientos nos sirven de "sistemas de alarma inmediata". Son una alarma que se dispara diciéndonos que hemos hecho una elección equivocada. Un sentimiento de escasa alegría es un indicador de que necesitamos prestar atención a nuestras mentes y cambiarlas.

2. Sabe que esto no es necesario.


El segundo paso, una vez que nos hemos hecho conscientes de nuestros sentimientos y dado la alarma, es reconocer o saber que "esto no es necesario" (2). La alegría siempre es posible. Estos estados de ánimo de depresión, ansiedad, o cualquier otro por el estilo, no son inevitables. No nos asaltan misteriosamente por accidente. No se imponen a nuestra mente por algún poder externo. "En cada caso" -fíjate en esto: en cada caso; no hay excepciones- "tú has pensado de forma errónea acerca de algún hermano que Dios creó y estás percibiendo imágenes que tu ego elabora en un cristal oscuro" (3).
¿Qué es lo que hemos hecho? Hemos pensado de forma equivocada. Algo falta en nuestra mente. No es algo fuera de nosotros; es algo que está en nuestra mente. Concretamente, hemos pensado erróneamente acerca de un hermano que Dios creó. Puede ser que estemos pensando erróneamente acerca de otra persona; o de nosotros mismos. Pero en cada caso estamos teniendo pensamientos equivocados acerca de alguna creación de Dios. Estamos viendo esa creación como algo menos de lo que Dios hizo que fuera. Esto, y sólo esto, es la fuente de nuestra falta de alegría!
Cuanto más practico el Curso, más encuentro que puedo detenerme antes de que las cosas se pongan realmente feas. Solía necesitar algo como una importante depresión o el pánico total para despertar al hecho de que algo iba mal. Ahora, estoy empezando a reconocer pistas mucho menos elocuentes y a responder a ellas. Cada vez que mi dicha no es completa (como ocurre aún la mayor parte del tiempo), puedo hacer algo al respecto si lo deseo.
Puesto que son nuestros pensamientos incorrectos los que están causando nuestra falta de alegría, la buena noticia es que podemos cambiar esos pensamientos. "Esto no es necesario". Si el problema es reaccionar con una falta de amor, la respuesta es simplemente elegir dar el amor que falta. Hay algo que podemos hacer acerca de la situación: podemos cambiar nuestros pensamientos.

3. Piensa acerca de tus pensamientos.


El tercer paso comienza con la acción correctiva:
Piensa honestamente qué has pensado que Dios no hubiera pensado, y qué no has pensado que Dios hubiera pensado (T-4.IV.2:4)
En otras palabras, pensar acerca de nuestros pensamientos. Pensar erróneamente fue la causa de nuestra pérdida de alegría, por lo tanto, piensa acerca de qué pensamientos equivocados pueden haber sido.
Hay dos formas en que nuestros pensamientos pueden desviarse del blanco : positiva y negativamente. Positivamente, podemos aceptar algunos pensamientos ego como nuestros. Podríamos estar teniendo un pensamiento de ataque, o meditando sobre un agravio. Podríamos estar pensando en nosotros mismos como indignos. De alguna manera, nos estamos percibiendo a nosotros mismos o a un hermano como algo menos que una perfecta creación de Dios.
O nuestro error puede ser negativo, uno de omisión más que de comisión. Podemos estar reteniendo el amor, fracasando en responder amorosamente a nuestra propia necesidad de un hermano.
Me estoy encontrando con que tengo una gran resistencia a hacer esto. No es difícil entender qué nos está pidiendo el Curso, pero a veces parece difícil hacerlo. No quiero admitir que mis pensamientos pueden ser la causa de mi infelicidad, más que las causas externas a las que les he estado echando la culpa. No obstante, estoy empezando a aprender que, cuando lo admito, encuentro más paz.

4. En busca de lo que hemos hecho.


Este paso es, en un sentido, la lógica continuación del paso anterior. Después de pensar acerca de cuáles han sido nuestros pensamientos equivocados, podemos buscar en nuestra mente qué es lo que hemos hecho o dejado sin hacer como resultado de esos pensamientos. A mí esto me parece diseñado para reforzar mi conocimiento de los efectos de mis pensamientos, para hacerme consciente de cómo han afectado mis pensamientos a la situación.
Este paso, bajo la guía del Espíritu Santo, puede facilitarme algunas pistas acerca de qué puedo hacer en el siguiente paso cuando he cambiado mi mente.

5. Cambia tu mente para pensar con la Mente de Dios.


El siguiente paso queda establecido de forma muy sencilla: cambia tu mente para pensar con la Mente de Dios. La idea de cambiar nuestra mente, o elegir de nuevo, es uno de los principales temas del Curso. La última sección del Texto se titula "Elige de nuevo". Dice: "Siempre eliges entre tu debilidad y la fuerza de Cristo en ti" (T-31.VIII.2:3). "En cada dificultad, en toda angustia, y en cada duda, Cristo te llama y de dice gentilmente, 'Hermano mío, elige de nuevo'" (T-31.VIII.3:2).
Cuando oye esto, la mayoría de la gente se encuentra preguntándose: "Pero, ¿cómo lo hago?". La respuesta más común del Curso es que no tenemos que preocuparnos con el cómo, sólo tenemos que desear hacerlo. Esto nos dice que cuando elegimos cambiar nuestras mentes, con el mínimo esfuerzo, el Espíritu Santo añade Su fuerza a la nuestra y hace que nos sea posible llevarlo a cabo.
Para mí, lo que siempre parece funcionar, finalmente, es sencillamente hablarle a Jesús (o al Espíritu Santo). Le digo exactamente qué me está ocurriendo; qué estoy pensando; cómo me siento; lo imposible que parece todo el asunto; y que no sé qué hacer al respecto. Para cuando he terminado de hablar, mi mente, de alguna manera, ha cambiado. No puedo decirte cómo funciona, pero funciona.
Jesús sabe perfectamente lo difícil que nos parece el cambio de mentalidad. él nos dice inmediatamente, aquí en el capítulo 4, "Puede parecer duro, pero es mucho más fácil que tratar de pensar en contra de ello" (T-4.IV.2:6); es decir, más fácil que tratar de pensar en contra de la Mente de dios. Y lo explica algo más ampliamente:
Tu mente es una con la Mente de Dios. Negar esto y pensar de otra manera ha mantenido tu ego intacto, pero ha escindido, literalmente, tu mente (7, 8).
Para pensar en contra de Dios tenemos que ir contra nuestra propia naturaleza. El Curso nos dice, frecuentemente, que seguir la verdad o vivir en el amor es mucho, mucho más fácil que vivir en el ego porque amor es lo que nosotros somos. No puede ser duro ser lo que somos; ¡lo puede haber nada más duro que ser lo que no somos!
Jesús, como hermano amoroso nuestro, dice que está profundamente interesado en nuestras mentes. Quiere que compartamos su interés porque él sabe que únicamente la vigilancia mental nos liberará de los errores de nuestro ego.

Estos son los pasos del proceso de la Vigilancia Mental:


Sé consciente… Sabe… Piensa… Busca… Cambia…


The Practice of Mental Vigilance, by Allen Watson traducido por Rosa Hernández Mula, con la autorización de The Circle of Atonement   http://www.circleofa.org

LOS DOCE PASOS DEL PERDON: DUODÉCIMO PASO Abre tu corazón P. Ferrini



DUODÉCIMO PASO


Abre tu corazón


La manera más fácil de abrir tu corazón es pedir ayuda u ofrecerla. Si estás teniendo dificultades, pide ayuda. Pídesela a un amigo. Pídesela a un extraño. Pídesela a Dios. Pide.

La puerta del corazón no puede abrirse si no le das permiso para que se abra. Pedir es dar permiso. Es una invitación al Espíritu Santo para que te ayude a ver las cosas de otra manera. Es una invitación a tus hermanos y hermanas para que viertan su amor y su aceptación en ti. «Llama y se te abrirá». La petición sentida en el corazón siempre recibe respuesta. Es posible que la respuesta no se presente de la manera que esperas, pero está allí si estás dispuesto a verla. El hecho mismo de mirar te abre a encontrarla.

¿Estás buscando amor? Entonces lo encontrarás. Si no aparece inmediatamente, sigue mirando. Si el amor no satisface tus expectativas, deshazte de ellas. El amor está allí, en alguna parte. Cambia todas las ideas o percepciones que bloquean tu conciencia de la presencia del amor, y sin duda lo encontrarás.

Recuerda, si no buscas el amor no lo encontrarás. No seas tímido.

Si quieres abrir tu corazón, ofrece ayuda a alguien. Acércate a un amigo o a un extraño; no importa. Deja que tu intuición te guíe. Allí fuera, en alguna parte, alguien está pidiendo amor. No, no de manera evidente, sino silenciosa. Y tú sabrás quien es.

Ofrece amor sin poner condiciones. Ofrece ayuda sin esperar nada a cambio. Eso te abrirá el corazón. Y también abrirá el corazón de otros.

Cada uno de nosotros tiene la clave de la salvación. Y nos la podemos ofrecer mutuamente con un gesto de apoyo, con una amable palabra de ánimo. Podemos ofrecérnosla mutuamente viendo cada ataque como una petición de amor.

El corazón se abre cuando nos aceptamos a nosotros mismos con todas nuestras contradicciones, con todas nuestras cargas, con todas nuestras luchas. El corazón se abre cuando aceptamos a la otra persona con todas sus pruebas y tribulaciones. El corazón se abre cuando abrimos el corazón de manera simple, como se lo abriríamos a un niño herido. Y se abre cuando el niño interno herido se abre a recibir el amor que se le ofrece.

No hay nada misterioso con respecto a lo que abre el corazón. La aceptación lo abre.

No hay nada misterioso con respecto a lo que cierra el corazón. El juicio lo cierra.

El corazón es un músculo espiritual. Se abre y se cierra. Cuanto más trabaja, más se fortalece.

No te juzgues a ti mismo si sientes que tu corazón se tensa. Sólo se tensa para volver a abrirse. Lo único que tienes que hacer es permitírselo.

Deja que el dolor vaya y venga. Deja que todo pase a través de ti. Respira profundo. Deja que el aire entre y salga. Sé un canal para la vida. No te resistas en la inspiración ni retengas la espiración. Simplemente deja que la respiración vaya y venga.

Deja que la vida vaya y venga, con sus altibajos. No te apegues a unos ni a otros. No tengas miedo de ellos.

Por más que lo intentes no vas a cambiar el flujo de la vida, sus vaivenes. La vida sigue tanto si te aferras como si sueltas.

Cuando te aferras, tus músculos se tensan. Cuando sueltas, tus músculos se relajan. ¿Estás tenso ahora mismo? Está bien. Simplemente sé consciente de ello.
En la propia toma de conciencia se produce la liberación.

Para abrir el corazón, tienes que estar dispuesto a seguir el flujo y el reflujo, la contracción y la liberación. No esperes poder subir a los picos sin descender a los valles.

Para abrir el corazón, tienes que estar dispuesto a estar presente ante cualquier cosa que ocurra aquí y ahora. No tienes que hacer nada. Simplemente tienes que ser. Eso es suficiente.

Sé contigo mismo. Sé con los demás. Sé con Dios. Eso es suficiente.

Las acrobacias son hermosas de observar, pero no son necesarias. No tienes que pasar por el aro para conseguir amor. Sólo tienes que estar dispuesto a recibirlo. Sólo tienes que estar dispuesto a darlo.

Tú no decides de dónde viene el amor ni adonde va. Simplemente viene y tú le dejas entrar. El entra, y tú le dejas ir. La conciencia es un canal para el amor, pero no es su origen.

Cuanto más te conviertes en un conducto para el amor, más te das cuenta de esto. El amor es el único poder. Todo lo que no es amor es un contenedor para él.

El amor es real. El cuerpo/mente sólo es un canal. Su realidad se halla en la realización de su finalidad.

Por sí mismo, el cuerpo/mente sólo es un amasijo de preocupaciones y miedos, de expectativas y juicios. Es un fenómeno destructivo y temporal. Nace. Sufre. Y muere. No tiene un propósito propio.

Su único propósito es ser un contenedor para el amor. Es el cuerpo del amor, la mente del amor, el discurso del amor, la acción del amor. Es el amor sentado en silencio y el amor danzando.

Al abrirnos a la aceptación de nosotros mismos y de los demás, empezamos a ver esto. A medida que pedimos ayuda y la ofrecemos, empezamos a entender que nuestros cuerpos y mentes contienen una energía increíblemente poderosa. Esta energía no puede ser manipulada ni controlada. Pero puede ser experimentada.

Llega un momento de nuestro desarrollo espiritual en el que entendemos los conceptos lo suficientemente bien. No tenemos que leer más libros ni asistir a más talleres. Simplemente tenemos que aplicar lo que ya sabemos en nuestra vida cotidiana.

En un sentido muy profundo, en este momento es cuando establecemos un compromiso con nuestro camino espiritual. Todo lo ocurrido hasta este punto sólo ha sido una preparación para este momento de rendición. Éste es el bautismo de fuego del que habló Jesús. Este es el momento en que volvemos a nacer en Espíritu.

Ahora cada día se convierte en una enseñanza viva para nosotros. La necesidad de profesores y de libros especiales queda atrás. Cada hermano y hermana es un maestro. Cada suceso de nuestra vida es el despliegue de una escritura profunda.

Nuestros amigos miran alucinados mientras hacemos una hoguera y echamos al fuego nuestros libros espirituales.

La cáscara externa se cae. Él núcleo interno florece. Las acciones hablan más alto y claro que las palabras.

Todos llegamos a este punto en el que caemos de manera simple y hermosa en el corazón. Y entonces sabemos que lo que importa no es lo que decimos, sino cómo lo decimos. Y tampoco importa lo que hacemos, sino cómo lo hacemos. Sabemos que todas nuestras creencias no significan absolutamente nada si no vemos, hablamos y actuamos a través de los ojos, los labios y el semblante del amor.

Éste es un lugar al que llegamos no una vez, sino muchas veces. Al principio, ahí nos sentimos incómodos, y volvemos corriendo a la seguridad de nuestras metas y conceptos. Más adelante somos capaces de permanecer ahí durante un tiempo y de recargarnos emocionalmente. Antes de que pase mucho tiempo, anhelamos este lugar donde podemos estar sin esfuerzo. Y cuando llegamos, no queremos irnos.

Esto está bien. El hogar no es un lugar donde vivimos en todo momento. Es un lugar desde el que salimos y al que volvemos, una y otra vez.

El hogar es este lugar donde podemos estar juntos sin sentirnos incómodos y sin palabras innecesarias. Bienvenido, hermano. Bienvenida, hermana. Te saludo al entrar. Te saludo al salir.


Siéntete bien. Que tu vida te colme de bendiciones.

LOS DOCE PASOS DEL PERDON: UNDÉCIMO PASO Mírate en el espejo P.Ferrini




UNDÉCIMO PASO


Mírate en el espejo



Donde quiera que miremos, vemos nuestra propia sombra. A veces nos devuelve la mirada en la mirada de nuestros hermanos. A veces salta delante de nosotros cuando vamos
viento en popa a toda vela.

Nuestras sombras no desaparecen. Se quedan con nosotros.

De algún modo, todo lo que tememos está personificado. Sin embargo, nos pertenece. Todo lo que vemos fuera de nuestro cuerpo/mente confirma una realidad interna.

Si tomas esa realidad interna sin el reflejo externo, lo que tienes es el estado de muerte, un estado de proyección vacía, un estado en el que la interacción es innecesaria, porque las partes de la totalidad ya no están separadas.

Pero, en este mundo, hay un dentro y un fuera. Hay una imagen y un reflejo.

Hay una mente que piensa y una mente que siente. La mente que siente refleja la mente que piensa, porque cada sentimiento es el reflejo de un pensamiento. A menudo resulta difícil separar el sentimiento del pensamiento, porque se siguen el uno al otro muy de cerca.

La totalidad de la psique es un  campo o una serie de estados de pensamiento y de sentimiento intrincadamente entrelazados. Cada campo de conciencia interactúa y se combina con otros, lo que complica todavía más la imagen. Ciertamente es imposible entender las partes componentes o el número de relaciones que hay entre ellas.

Pero lo que sí podemos entender es que, en cualquier momento, lo que vemos fuera de nosotros refleja nuestro campo interno de conciencia, una serie única de constructos de pensamiento y sentimiento. Así, la situación externa es un espejo para nosotros. Mirarse en el espejo puede ser doloroso, pero no es tan doloroso como pretender que el espejo no está ahí.

Cada persona que entra en nuestra vida y nos irrita y nos hace reaccionar, no es sino una personificación de nuestra propia sombra. No tienen un significado objetivo en nuestra vida. Frecuentemente le devolvemos el favor, y también le irritamos y le hacemos reaccionar. Nuestra interacción es totalmente subjetiva. Es la relación de una sombra con otra.

Sólo cuando una persona despierta y entiende que toda la interacción tiene que ver con su propia sombra —lo que ella odia, lo que no puede aceptar, o lo que teme de sí misma— se detiene el proceso de reflejo. Esa conciencia retira el gancho, destruye la proyección. Este tipo de interacciones no puede continuar a menos que haya un acuerdo (generalmente inconsciente) por ambas partes.

No miramos al espejo para aprender a odiarnos a nosotros mismos, sino para aprender a reconocer nuestros juicios reprimidos. Estos juicios sabotean nuestra capacidad de sentirnos plenos por nosotros mismos o en relación con los demás. Así, el descenso a la oscuridad de nuestra propia psique es esencial en nuestro proceso de curación. Sin el descenso, no podemos convertirnos en portadores de luz.

Lo interesante es que este descenso a la oscuridad y el subsiguiente ascenso a la luz no se producen de una manera lineal. Es un viaje cíclico. Primero afronto algún miedo previamente negado, lo saco a la luz, y después otro sale a la superficie. ¿Te suena familiar? A cada victoria le sigue un nuevo reto.

Nos hacemos un flaco favor a nosotros mismos cuando miramos nuestro proceso espiritual con los ojos del mundo o del ego. Tanto  desde la perspectiva del ego como desde la perspectiva del mundo, somos unos miserables fracasados.
El pensamiento lineal, consecutivo y orientado hacia la tarea no puede penetrar en el significado de los procesos cíclicos. Sólo la mente que siente e intuye comprende los conceptos de polaridad y cambio.

Colectivamente, las tradiciones orientales se sienten más cómodas con la mente que siente. Ciertamente la tradición taoísta, de la que vienen el I Ching, el Tao Te Ching y otras obras maestras de la espiritualidad, nos ofrece las comprensiones más profundas sobre el proceso de cambio.

Para los taoístas, todo es energía en movimiento. Incluso las ideas que parecen haber alcanzado su punto álgido o nadir se reciclan, lo que las hace moverse hacia el polo opuesto.
Para la mente oriental, la vida es un péndulo que viene y va; no es un viaje lineal en una sola dirección.

Esta perspectiva nos ayuda a entender que nuestro progreso espiritual no puede medirse por el número de lecciones que recibimos, ni siquiera por la cantidad de lecciones aprendidas, sino por nuestra disposición a mirar dentro del espejo que tenemos delante. Un Curso de Milagros dice que esta pequeña dosis de buena voluntad es suficiente.

En este sentido, cada vez que estamos preparados, abarcamos todas nuestras lecciones simultáneamente. Cada vez que abrimos nuestros corazones, saboreamos la sensación de estar verdaderamente abiertos.

De modo que cada lección ensancha y profundiza la conciencia. Cada lección estira la mente más allá de sus límites conceptuales, y estira el corazón más allá de sus límites emocionales. Es el proceso de traer material inconsciente a la conciencia, de curar las heridas del pasado y descubrir una nueva fe y confianza.

El éxito nos lleva a un nuevo desafío. El fracaso nos brinda la oportunidad de elegir de nuevo. En esto no hay absolutamente ningún juicio implicado.

Los procesos subjetivos no tienen un comienzo ni un final en el tiempo. Esto es algo que nos cuesta entender y aceptar. Pero es esencial ser conscientes de ello si queremos mirar en el espejo una y otra vez sin desanimarnos ni deprimirnos. Después de haber mirado en el espejo durante el tiempo suficiente, todos adquirimos un sentido del humor cósmico. Ya no tratamos de ser perfectos, ni intentamos hacer todo el trabajo de una vez. Nos contentamos con lo que la vida nos trae. El simple hecho de lidiar con lo que surge, sin crucificarnos ni crucificar a otros, es reto suficiente.

Y somos suficientemente inteligentes, y tenemos la suficiente experiencia, como para saber que de vez en cuando vamos a meter la pata. Me refiero a que vamos a olvidar completamente lo que hemos aprendido y vamos a hacer la cosa más estúpida que podamos imaginar. Nuestros peores temores se harán realidad. Vamos a sentirnos avergonzados, iracundos, vueltos del revés. Y, de algún modo, sobreviviremos a eso. E incluso tal vez lleguemos a verlo como un regalo.

Y es entonces cuando realmente sabemos que el viaje da vueltas y más vueltas. Y sabemos que estamos bien, independientemente de dónde parecemos estar o de lo que parece estar ocurriendo. Esto nos lleva al último paso, que a estas alturas ya deberíamos saber que también es el primero.