DESPERTAR AL AMOR

con un curso de milagros

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despierta al amor

LOS DOCE PASOS DEL PERDON. Abandona la culpa y deja de juzgarte a ti mismo. P. Ferrini




QUINTO PASO

Abandona la culpa y deja de juzgarte a ti mismo

Tanto si lo sé como si no, siempre estoy atacándome a mí mismo. Tal vez crea que te estoy atacando a ti, pero eso sólo es una ilusión. Por supuesto, a veces tú también crees en mi ilusión, y entonces te sientes ofendido. Así es como funciona el mundo.

Pero, en verdad, yo no puedo atacarte. Sólo puedo atacarme a mí mismo. Todo lo que proyecto sobre ti vuelve a casa, vuelve a mí. El pensamiento es el boomerang perfecto. Siempre vuelve a la persona que lo envía.

¡Esto no tiene nada que ver con el castigo! Muchas personas, incluso las que creen en el karma, no comprenden esto. Nadie está siendo castigado por sus pecados. Simplemente está recibiendo de vuelta lo que ha enviado para poder tomar conciencia de ello. Si la persona envía ira, la ira le vuelve porque tiene que responsabilizarse de ella. Cada uno de nosotros tenemos que adueñarnos de lo que emitimos. Sólo podemos liberarnos de algo cuando nos adueñamos de ello.

Se trata de una ley simple. No hace falta que la usemos para castigarnos unos a otros. No hace falta que digamos: «Ves, desgraciado. Sabía que te iba a volver». No tenemos que jugar a ser Dios. No se nos necesita en ese papel.

Simplemente tenemos que entender que vamos a seguir cometiendo errores hasta que aprendamos nuestras lecciones. Vamos a seguir proyectando cualidades positivas y negativas en los demás mientras no estemos dispuestos a adueñarnos de ellas en nosotros mismos. Vamos a seguir atacando a los demás hasta que nos responsabilicemos del ataque.

Apropiarnos y responsabilizarnos del ataque sólo es una manera de cortocircuitar el proceso. Yo digo: «De acuerdo, ira, ya sé que me perteneces, de modo que no voy a pretender que provienes de otra persona». Eso no significa que no exprese la ira. Si está ahí, es mi responsabilidad expresarla. Pero debo hacerlo sabiendo que me pertenece a mí. De esa manera no tiene por qué ir hacia fuera, quedarse pegada a alguien que se sienta suficientemente culpable como para recogerla, y después volver a mí en forma de algún resentimiento callado.

Me responsabilizo de la ira. Entiendo que no es a ti, sino a mí mismo, a quien ataco. No me pierdo en la proyección, o al menos no me pierdo cuando tengo éxito en mi intento de responsabilizarme.

No siempre tengo éxito, ni tampoco suelo tenerlo a la primera. A veces te ataco, y a veces me apropio del ataque. Cuando te ataco, me siento culpable porque creo que puedo herirte. Llevo esa culpabilidad conmigo y entonces, cuando tú u otra persona me ataca, mi culpabilidad invita a ese ataque a quedarse pegado a mí. Todo este proceso es muy extraño.

Cuando te ataco, me siento muy mal. Eso me pone en el centro de la diana de otro posible ataque.Todos los extraños que tienen ira acumulada, sienten en mí una víctima potencial cuando paso a su lado. ¡Hasta los pastores alemanes pueden oler el aroma!

Cada vez que te ataco, establezco mi propia culpabilidad. Si no crees que esto sea verdad, lee crimen y castigo, de Dostoievsky. En la novela, Roskolnikov intenta perpetrar el crimen perfecto. Cree que si mata por una buena razón, no se sentirá culpable por haberlo hecho. Pero no funciona.

Cierto, no le pillan. Consigue que no le acusen del crimen. Pero no puede vivir con la culpa. Finalmente, se entrega a la policía.

Esto es lo que todos tenemos que hacer: entregarnos.

En cuanto atacamos, tenemos que recordar que estamos afirmando nuestra culpabilidad.

Confesémoslo inmediatamente. ¡Al infierno con las justificaciones! Sabemos que el ataque no puede ser justificado. De modo que responsabilicémonos de sanarnos y de sanar a los demás.

«He cometido un error, hermano. Te he atacado porque tenía miedo. Pensaba que tenía derecho a atacarte, pero me equivoqué. Perdóname. Ayúdame a seguir mi camino».

Cuando hago de mi ataque una petición de amor, mis hermanos y hermanas me permiten que me acerque a ellos. Este es un gesto de reconciliación.

Si reconozco mi ataque y asumo la responsabilidad de corregirlo, mi culpabilidad no se queda fijada.

La culpabilidad se queda fijada cuando justifico mi ataque y me niego a enmendarme. La culpabilidad crónica no es más que la negativa continuada a asumir la responsabilidad de reconocer y aprender de mis errores. Nadie se convierte en un saco de arena, de esos que usan los boxeadores, sin que haya una causa para ello. Sin embargo, la causa suele estar profundamente enterrada en la psique.

Cada vez que te ataco, me ataco a mí mismo. Ese ataque puede venir en forma de un juicio sutil, pero, si se repite una y otra vez, me envía continuamente el mensaje de que no soy adecuado.

No es coincidencia que los individuos que tienen menos autoestima sean los que más juzgan a los demás. Cuanto más nos dedicamos a juzgar a los demás, más nos juzgamos inconscientemente a nosotros mismos.

Todas las proyecciones vuelven a casa. Ésta es la función de la culpabilidad. A cierto nivel, se niega a permitir que nuestro ataque nos deje. Simplemente no podemos atacar a los demás sin sentirnos responsables del ataque en algún nivel de nuestro ser.

Cuando llevamos esta responsabilidad a la conciencia, podemos empezar a sanar. Cuando dejamos que siga siendo inconsciente, atraemos sucesos que nos obligan a tomar conciencia no sólo de nuestros ataques hacia los demás, sino del profundo odio que sentimos hacia nosotros mismos, que es el que provoca esos ataques.

La culpa y la responsabilidad se excluyen mutuamente. La culpa se queda pegada a la herida, impidiendo que ésta se cure. El primer paso del proceso de curación es la responsabilidad.

Para soltar la culpa y dejar de juzgarnos, debemos empezar a responsabilizarnos de nuestros ataques contra otras personas. Debemos tomar conciencia de nuestras proyecciones en cuanto ocurren.

Tomando conciencia de nuestro ataque, vemos la causa que está detrás. Vemos nuestros propios miedos, nuestros juicios profundamente arraigados y nuestros sentimientos de inadecuación. Vemos nuestra profunda llamada al amor.

Esto es esencial. No podemos empezar a perdonarnos a nosotros mismos hasta que no nos demos cuenta de que toda nuestra oscuridad es una llamada a la luz, y de que toda nuestra ira y dolor son una llamada al amor. Tenemos que reconocer esto, porque de otra manera tomaremos nuestra conciencia y la usaremos para golpearnos a nosotros mismos.

¡No debemos subestimar este peligro! Si dejamos nuestro proceso de curación en manos del ego, no pasará de ser otro proceso en el que volveremos a herirnos. Sólo el Espíritu puede estar al cargo de nuestra curación, porque el Espíritu confirma nuestra validez, al tiempo que nos anima a enmendarnos y a aprender de nuestros errores.

Yo no soy malvado por haberte atacado, y tú tampoco eres malvado por haberme atacado. Nuestro ataque mutuo viene de que ambos nos sentimos profundamente inadecuados. Viene de un lugar en el que ni tú ni yo nos sentimos amados.

Reconocer esto es el principio de la llamada a la gracia. Comenzamos a ver, incluso en la oscuridad, con los ojos del amor.

Mientras yo mismo me crucifique o te crucifique por cometer un error, nuestra curación no puede comenzar.

Lo importante no es el error. Es el aprendizaje, el crecimiento, el cambio de percepción que el error trae consigo.

Cuando entiendo esto, me doy cuenta de que mis lecciones están bien. Me doy cuenta de que tus lecciones están bien. Tengo una base sobre la que avanzar. La reconciliación y la reconstrucción comienzan sobre esta base. Éste es el verdadero fundamento de la curación, el perdón de todos los errores y la gratitud de la conciencia que nos aportan.

Recuerda, la responsabilidad no viene del ego. La culpa, sí. La culpa prolonga la sensación de separación. Mantiene la herida abierta.

La culpabilidad dice: «Nada que yo pueda hacer será suficiente para enmendar mis errores».

La responsabilidad dice: «Abrí esta herida y puedo cerrarla».

Es importante entender la diferencia.

Muchas ideas Nueva Era han sido usurpadas por nuestros egos, que las usan como herramientas no para crecer, sino para castigarnos y castigar a los demás. Muchas personas, estando muy enfermas, han tenido que escuchar estupideces como: «Tú te has enfermado a ti mismo. Es tu propia ira la que te ha producido el cáncer. No te estás curando porque aún estás apegado a tu ira». ¿Estábamos hablando de no culpabilizar? Este tipo de sermones son cosa del ego, que está tratando de repetir el mensaje de la responsabilidad. No funcionan.

Cuando el Espíritu toma a su cargo el programa de la responsabilidad, hace que todo esté bien. Hace que esta enfermedad, el cáncer o cualquier otra, sea un lugar desde el que crecer. No mide el progreso con criterios externos. Tan sólo dice: hay un lugar interno donde es posible encontrar paz.

Cuando hablamos de curación, hablamos de abandonar los juicios sobre nosotros mismos y la culpabilidad por los errores del pasado. Esto exige responsabilidad y delicadeza. Se trata de soltar lo que no nos pertenece. Se trata de lavar esa sustancia pegajosa que aparece sobre nuestra piel cuando nos dedicamos a justificar nuestros juicios sobre los demás. Se trata de bañar la totalidad del alma en amor y aceptación.

Y esto nos lleva al Sexto Paso.

LOS DOCE PASOS DEL PERDON. Encuentra la igualdad con los demás P. Ferrini




Segunda piedra angular

ENCUENTRA LA IGUALDAD CON LOS DEMÁS

La clave para hallar nuestra igualdad con los demás reside en nuestra práctica individual de asumir responsabilidad. Mientras asumamos la responsabilidad por nuestra propia vida, no estamos poniendo cargas innecesarias sobre nuestros propios hombros ni expectativas inadecuadas en los demás.

Sin embargo, inevitablemente, tal como cometo errores con mi propia práctica, también cometo errores en mis relaciones. Asumo demasiada responsabilidad aquí, y no la suficiente allí. Me excedo aquí y me quedo corto allí. Decido por ti cuando tú tienes que decidir por ti mismo. Y dejo que decidas por mí cuando tengo que tomar mi propia decisión. Las fronteras que se afirman a sí mismas de manera natural cuando ambas personas son responsables empiezan a desdibujarse. El resultado es el abuso y la codependencia.

Pierdo constantemente mi sentido de la igualdad con los demás. Aquí me siento elevado. Y allí soy denigrado. No siento que ninguna de estas posiciones sea correcta. Quiero estar cara a cara. Quiero reciprocidad, equidad, igualdad. Sin embargo, la única manera de encontrarlas es asumir responsabilidad por lo que ocurre cuando no las encuentro.

En este momento, me siento herido por ti, pero me doy cuenta de que tú no eres la causa de mi herida. Mi herida existía antes de que tú me tocaras en ese lugar sensible.

O me siento enfadado contigo porque me has decepcionado. Sin embargo, tú no eres la causa de mi decepción. Las expectativas que pongo en ti me programan para el rechazo. Tú simplemente entras en mi programa. Tú apareces como un espejo para mostrarme que mis expectativas son disfuncionales. No puedo cambiar lo que haces o dejas de hacer, pero puedo cambiar mis expectativas con respecto a ti.

Yo no puedo cambiarte. Por lo tanto, mi única postura hacia ti debe ser de aceptación. Cuando no te acepto tal como eres, pierdo mi paz.

Jesús dijo: «Haz a los demás lo que te gustaría que ellos te hicieran a ti». Ésta es una práctica espiritual primaria, tan importante como asumir responsabilidad por tu propia vida.

Si juzgas a los demás, alteras tu paz, porque interiorizas todos los juicios que haces. Si aceptas a los demás, te bendices a ti mismo, porque lo que envías hacia fuera vuelve a ti.

Lo más importante es entender que cada pensamiento vuelve a casa. La proyección es una ilusión. Puedo odiar algo en ti, pero ese odio permanece en mi interior. Pienso que el odio va hacia ti, pero eso sólo ocurre si tú lo tomas. Si tú no reconoces mi odio, no se queda adherido a ti.

Todos los pensamientos vuelven a casa. No puedo dar la cara ante ti porque no puedo dar la cara ante mí mismo. Creo que eres censurable porque no estoy dispuesto a lidiar con mi propia vergüenza.

Cada reacción hacia otra persona de mi vida me refleja algo, es un espejo para mí. Cualquier cosa que vea en ti y que no acepte me habla de lo que no estoy dispuesto a aceptar en mí. Cualquier cosa que espere de ti y que tú no puedas darme me indica lo que tengo que darme a mí mismo.

Toda relación ofrece un medio para el aprendizaje o un medio para la autocrucifixión. Cuando me miro en el espejo de tus ojos, me doy permiso para crecer. Cuando encuentro limitaciones en ti, me niego a ir más allá de mi duda con respecto a mí mismo.

Siempre te usaré como excusa, como razón por la que no puedo crecer. Pero eso no cambia nada. Mi crecimiento sigue siendo mi responsabilidad, por mucho que trate de poner esa responsabilidad en tus manos.

Si eres lo suficientemente necio para aceptar una responsabilidad que no te corresponde, eso sólo puede significar que tú también tienes que aprender a responsabilizarte de ti mismo. Los miembros pasivos y agresivos de una pareja tienen que aprender la misma lección. Simplemente representan extremos opuestos de lo mismo. Y, tal como nos enseña la sabiduría taoísta, los opuestos no están tan lejos como pensamos.

De modo que en el ejercicio de encontrar mi igualdad contigo es cuando la pierdo, y en el ejercicio de perderla la encuentro. Si no crees que esto sea así, pregúntate: «¿Cómo podría encontrarla si no la hubiera perdido?». No habría nada que encontrar, no habría sensación de haber perdido algo. Y si tengo la sensación de haber perdido algo, esa sensación debe venir del recuerdo de un tiempo en el que no sentía pérdida alguna. «¿Cómo podría perder algo que nunca tuve?».

La igualdad es real. La desigualdad no lo es. Sin embargo, a través de la desigualdad es como aprendo sobre la igualdad. Cuando entiendo realmente la igualdad, me doy cuenta de que siempre ha estado ahí. Nunca la he perdido. Sólo pensaba que la había perdido.

El proceso de pensar que la he perdido y darme cuenta de que no, abarca todo el espectro del perdón, desde el primer paso de reconocer que estoy molesto hasta el último de abrir mi corazón a la paz que siempre está allí. Sé que finalmente soy perdonado cuando me doy cuenta de que no hay nada que perdonar. Un Curso de Milagros lo dice así: «Nada real puede ser amenazado. Nada irreal existe».

Nunca pierdo mi inocencia, y tampoco la pierden mi hermano o mi hermana. Simplemente parecemos perderla, tal vez durante un momento, durante un día o dos, o quizá durante toda la vida. El periodo de tiempo no tiene importancia porque, cuando despertamos, olvidamos el sueño. Permanecer en la ilusión no hace que seas malo. Tan sólo prolonga tu sufrimiento. Cuando estás preparado, sueltas ese sufrimiento. Y una vez que lo has soltado, no importa si lo tuviste durante dos minutos o durante diez años. Ya no existe.

No resulta fácil llevar esta comprensión a nuestras relaciones. Tal como nos involucramos con los atributos físicos del mundo y nuestra percepción de ellos, también nos involucramos con nuestras relaciones y con las emociones que suscitan en nosotros. No estamos preparados, tal vez, para ver todo esto como un sueño de desigualdad, y sin embargo eso es precisamente lo que es cuando quiera que nos sentimos molestos.

Todo nuestro dolor es el resultado de ver algo que no está allí. Pensamos que está allí porque nuestras ideas y creencias parecen quedarse pegadas a ciertas personas y situaciones. Pensamos que eso da credibilidad a esas ideas, porque ahora están situadas en el marco de una relación. Pero eso sólo complica el guión y hace salir a escena toda una nueva serie de personajes.

De modo que tenemos que reconocer y aceptar el hecho de que aquí estamos dirigiendo nuestra propia película. Y lo que vemos en la pantalla que está ahí fuera sólo es un reflejo de los contenidos de nuestra conciencia.

No obstante, debemos darnos cuenta de que la nuestra no es la única película que se está rodando. Las mismas personas que parecen ser actores o técnicos en nuestra película están dirigiendo sus propias películas, en las que nosotros somos los personajes o el cámara. La película Rashomon, de Akira Kurosawa, expresa este concepto con gran lirismo y compasión.

Es posible que en último término no haya fronteras entre nosotros, pero es imposible que nos unamos a menos que reconozcamos los límites de nuestra propia experiencia y honremos la experiencia de otras personas. No tenemos por qué estar de acuerdo entre nosotros. Pero sí tenemos que respetarnos mutuamente. El consenso, en la medida que sea posible, surge de una atmósfera de respeto mutuo.
Sin ese respeto mutuo, que significa fronteras saludables, el consenso será inevitablemente forzado. Y el consenso forzado es tan ridículo como suena.

Encontrar nuestra igualdad con los demás significa reconocer que hay muchas maneras de mirar cualquier situación, y nosotros sólo tenemos una de ellas. Escuchar a los demás, respetar sus ideas y experiencias, nos ayuda a abrirnos a un espectro de realidad más amplio. Nos permite abrir las puertas de nuestra prisión conceptual y caminar libremente a la luz del día. Nos ayuda a comprender los límites de nuestro conocimiento, para poder entrar en lo desconocido, solos y juntos.

LOS DOCE PASOS DEL PERDON: Asume la responsabilidad. P. Ferrini


CUARTO PASO

Asume la responsabilidad

Una de las maneras de empezar a amarme a mí mismo es empezar a responsabilizarme de mi vida exactamente tal como es. Lo que veo fuera sólo es un reflejo de lo que está dentro.

Sólo me meto en problemas cuando no puedo aceptar mi vida tal como es. A veces rechazo a ciertas personas y situaciones. A veces me apego a ciertas personas y situaciones. Tanto el rechazo como el apego indican una falta de aceptación.

Mi aceptación de mi vida no implica que no vaya a cambiar. Sin duda cambiará. A veces podré anticipar ese cambio. Otras veces no.

El cambio vendrá en la medida que sea necesario. Pero, ahora mismo, mi reto es estar con lo que es. ¿Hay dolor? De acuerdo, entonces debo estar con el dolor.

¿Hay tristeza? De acuerdo, entonces debo estar con la tristeza.

No hay nada que se suponga que debo hacer en mi vida. Sólo hay lo que está ocurriendo. Y eso siempre es suficiente. Si parece no ser suficiente, o si tal vez parece ser demasiado, es porque lo percibimos así.

Nuestras creencias sólo son formas de ver. Casi siempre requieren corrección, porque casi siempre miramos con deseo o con miedo.

Una de las prácticas espirituales más importantes es dejar que las cosas sean tal como son, sin interpretación, sin embellecerlas, sin juzgarlas. Inmediatamente, esto pone al ego del revés. Imagina que le dices al ego que no juzgue, que no compare, que no interprete. Entonces, ¿qué va a hacer? Eh realidad no sabe hacer nada más.

De modo que la práctica se convierte en observar al ego emitir sus juicios e interpretaciones, no evitar que los haga. Porque, en cuanto uno intenta detener al ego e impedir que juzgue, comienza un nuevo nivel de juicio.

Por lo tanto, nos limitamos a aceptar que el ego está haciendo su numerito y lo observamos. El niño herido dentro de nosotros está reclamando atención. Quiere amor, pero no sabe cómo pedirlo. ¡Y sigue insistiendo eternamente!

Eso está bien. ¿Habéis oído eso, amigos? Está bien estar en ego, porque todos nosotros estamos en ego. El noventa y cinco por ciento del tiempo nos expresamos desde el deseo o desde el miedo (y, como hemos dicho, el deseo sólo es otra forma de miedo). No hay nada de lo que avergonzarse. Todos lo hacemos.

Reconocer dónde estamos nos permite ser testigos de ello. Ser testigo es simplemente estar presente, observando a la mente danzar por el aire. No va a dejar de bailar hasta que se exprese completamente y se quede agotada. De modo que observar se convierte en una práctica espiritual, una práctica de profunda compasión por nosotros mismos y por los demás.

Ves, tenemos lo que tenemos. No tenemos por qué deshacernos de nada de ello. Y tampoco tenemos por qué añadirle nada.

Nos basta con estar con ello hasta que lleguemos a entenderlo. Cuanto más entendemos el deseo y el miedo, más nos liberamos de su influencia compulsiva. No es algo que nosotros hagamos. Simplemente es algo que ocurre de manera natural gracias a la práctica.

Tenemos que recordar que nuestra meta no es cambiar el mundo, ni siquiera cambiarnos a nosotros mismos. Nuestra meta es cambiar nuestras percepciones del mundo y de nosotros mismos. Nuestra meta es ver con los ojos del amor en lugar de con los ojos del temor. Esto requiere una nueva manera de mirar, una manera más objetiva de mirar: mirar sin apegarnos a lo que vemos.

Ésta es nuestra práctica espiritual. Y es una práctica que compartimos con muchas tradiciones.

De modo que responsabilizarme implica aceptar mi vida tal como es. Eso significa que no desperdicio mi energía intentando cambiar la forma eterna de mi vida. Significa que no intento que los demás me provean la motivación que necesito para cambiar. Si es que se produce algún cambio, es porque viene desde dentro. Viene de estar con lo que hay aquí y ahora, con paciencia e integridad.

La mejor manera de confrontar una situación negativa no es alejarse de ella, sino atravesarla. Sólo es negativa porque he olvidado mi inocencia y la de mi hermano o hermana. ¿Por qué dejarme amedrentar por mi propio miedo o por el miedo de los demás?

Nada de lo que veo significa lo que creo que significa. Nada de lo que veo significa nada. El miedo comienza con una interpretación, con un recuerdo del pasado. Sin embargo, cada momento es libre y total. A cada momento renace mi capacidad de elegir.

No importa cuántos errores haya cometido. No los arrastro conmigo, aunque pueda creer que sí. A cada momento soy libre de elegir. Soy libre de asumir la responsabilidad de mi vida.

Quiero avanzar con paciencia y con fe. Si voy caminando por cierto sendero, he de encontrar adonde me conduce. Pero incluso si me lleva a un callejón sin salida, no he perdido nada. Ningún sendero es el sendero definitivo y, sin embargo, cada sendero me aporta una lección que debe ser aprendida. Cuando todas las lecciones han sido aprendidas, desaparece la necesidad de seguir un camino. La necesidad de usar esa forma se disuelve.

Está bien. Estoy en ego y voy creando momento a momento a partir del deseo o del miedo. Así son las cosas. Me responsabilizo de ello. No tengo que cambiar nada. Simplemente tengo que ser consciente de lo que está ocurriendo.

OBSTACULOS PARA LA VERDAD por Dr. Lee Jampolsky



El Curso nos dice que la verdad no puede ser enseñada sino que nos será revelada cuando practiquemos nuestra parte del perdón.




Perdonar es mirar más allá de nuestros errores y así no juzgarnos ni juzgar a los demás. La verdad nos fue dada plenamente en nuestra creación, no fue aprendida.

Por ende no podemos aprender la verdad ya que aprender implica tiempo, y nuestra creación se halla fuera de él. Nuestra tarea es la de aceptar a la verdad nuevamente en nuestra conciencia.

Al satisfacer las condiciones necesarias que son requeridas, la verdad por si sola comenzará a alborear en nuestras mentes.

Lo único que se te pide es que le hagas sitio a la verdad. No se te pide que inventes o que hagas lo que está más allá de tu entendimiento. Lo único que se te pide es que dejes entrar a la verdad, que dejes de interferir en lo que ha de acontecer de por sí y que reconozcas nuevamente la presencia de aquello que creíste haber desechado. Texto, página 502

Tenemos miedo de la verdad puesto que disolverá nuestro sentimiento de separación al revelarnos nuestra unicidad con la creación de Dios.

Cuando llega la verdad, el ego se extingue. La verdad es de la mente, no del cuerpo. Mora junto al Espíritu Santo en nuestra mente dividida.

Con el propósito de eludir esta amenaza contra su propia existencia, el ego nos aconseja permanentemente mantenernos bien lejos de la mente y ocuparnos sólo del mundo físico. El Espíritu no puede conectarse con la materia y así el ego está a salvo.

La enfermedad es una defensa en contra de la verdad nos dice la Lección 136 del Libro de Ejercicios. Cuando la verdad comienza a alborear en nuestra mente, el ego nos dice que estamos en grave peligro. Nos dice que la verdad revelará la exacta profundidad de nuestro pecado en contra de Dios y que nos conducirá al castigo que nos merecemos.

Para evadir esta situación tan difícil, el ego nos aconseja enfermarnos para desviar de esta forma nuestra atención a la mente, siendo la mente el único lugar donde la verdad puede ser encontrada.

Ahora estamos a salvo de Dios, y nos ocultamos nuevamente dentro de la materia. El ego siempre se equivoca. Al aprender a aferrarnos de la mano de Jesús y contemplar, sin juzgar ni condenar el contenido de nuestra mente, comenzamos a aprender que es la dicha, y no la condenación, quien nos espera. Al desmantelar las barreras que hemos construido en contra de la verdad, la verdad misma comenzará automáticamente a fluir hacia nuestra mente, sin ninguna ayuda de nuestra parte.

Tiempo atrás decidimos bloquear la conciencia de la verdad para jugar el juego de la separación.

Cansados ya de jugar este juego doloroso, comenzamos finalmente a levantar las barreras a la verdad para encontrar que aún está allí, inmutable, perfecta y esperando para abrazarnos nuevamente en dicha plena.

Sobre El Autor:
El Dr. Lee Jampolsky es licenciado en sicología y autor de una serie de libros basados en Un Curso de Milagros®. En Internet: www.motivationalworks.com

LOS DOCE PASOS DEL PERDON: Retira la proyección. P. Ferrini



TERCER PASO


Retira la proyección


En el paso uno aprendí a estar en compañía de mis sentimientos, y sin embargo aún tiendo a pensar que tú eres la causa de cómo me siento. En el segundo paso aprendí que lo que quiero es amor. Sin embargo, aún tiendo a recurrir a ti para recibir amor.

Mi viejo hábito es hacerte responsable de cómo me siento. Mi viejo hábito es pedirte que me soluciones las cosas, o intentar solucionártelas a ti. Mi viejo hábito es acusarte de no amarme lo suficiente, y eso sólo es otra manera de intentar hacerte responsable de mi necesidad de amor.

De modo que mi siguiente movimiento psicológico es saber que lo que quiero es amor, pero no puede depender de que tú me lo des. Tal vez me lo darás o tal vez no, pero yo no puedo hacer nada con respecto a tu elección. Si trato de influir en ti presionándote o haciendo que te sientas culpable, reduzco la posibilidad de que me ames auténticamente.

Si quiero tu amor, debo dejarte libre. Debo estar dispuesto a prescindir de él. Debo estar dispuesto a buscar el amor dentro, no fuera.

Esto suena muy hermoso, pero es mucho más duro de lo que parece. Significa que tengo que volver a entrar en ese agujero negro de mi corazón y encontrar la luz que se oculta allí. Debo rebuscar en las oscuras cavernas de mis heridas para encontrar la pequeña luz de la autoafirmación que arde en mi interior.

Pensaba que esta cuestión del perdón sería mucho más fácil. Pensaba que al darme cuenta de que lo que quiero es amor, lo pediría, y entonces el amor vendría a mí montado en un corcel blanco y en forma de un príncipe o una princesa. Ahora descubro que esto también es una ilusión.

Y en cambio se me pide que sea un minero de carbón, que me ponga el traje protector y descienda a las entrañas de la tierra para encontrar esa luz que se supone que tengo. No estoy seguro de que realmente crea que la luz está allí y, si está, no estoy seguro de poder hallarla. Estaba dispuesto a bajar allí porque había una garantía, pero ahora que la garantía se ha caído por la borda, ya no estoy seguro de querer bajar. Pensaba que el descenso se había acabado. Por favor, ¡ten compasión! ¿No podría saltarme este punto y pasar al siguiente?

¿Te suena familiar?

Si no consigo lo que yo quiero, no estoy seguro de comprar esta enseñanza. Job tenía el mismo problema, pero a la inversa. Cada vez que pensaba que ya lo tenía todo en orden y que había complacido a Dios, se le desmontaba el chiringuito.

Tendemos a buscar confirmación fuera de nosotros. Y cuando la confirmación no llega, o cuando en su lugar vienen nuevas pruebas, o bien nos sentimos unos fracasados, o nos creemos unos estúpidos por haber tenido fe en un poder superior.

Si yo pido amor y tú me amas, pienso que ya he acabado mi trabajo espiritual. Doy gracias a Dios por la gran bendición de haber podido completar mi proceso en dos pasos, cuando otros necesitan doce pasos para completarlo.

¡Quizá ésta sea la razón por la que el reloj cósmico no siempre está de acuerdo con nuestros planes y deseos personales! Aún queda trabajo por hacer porque, algún día, todo lo que está fuera de nosotros no estará ahí para confirmar nuestra experiencia.

Tenemos que conocer la verdad dentro de nuestro propio corazón. Tenemos que encontrar el amor allí donde comienza, no donde termina.

De modo que a veces nuestros deseos y planes se frustran; y, de hecho, quedan hechos añicos. Y todos nuestros objetivos, y todo lo que creíamos ser, se derrumba ante nuestros ojos. Y nos sentamos allí, como Job, entumecidos y mudos. «¿Qué quieres de mí, Señor?».

La vieja respuesta era: «Quiero que reces quince avemarías, que beses cien traseros de elefante y que hagas una donación a la causa del Señor». Ahora ya no nos lo creemos. ¡Supongo que ya tenemos demasiados pelos de elefante en la cara!

Después de Ji Jones, Rajneesh, Jim Baker, Swami Rama y Werner Erhard, ¡por fin nos hemos vuelto un poco escépticos con las autoridades externas! (Eh, no tengo nada contra estos tipos; ellos estaban aquí aprendiendo las mismas lecciones que el resto de nosotros).

Antes o después descubrimos que no hay nadie ahí fuera que tenga la respuesta para nosotros. Pero, hasta que lo descubramos, tenemos que seguir recibiendo golpes en el tercer ojo, o en la tercera pierna, según el caso.

De modo que, aunque no me quieras, sigo estando aquí. En realidad no puedo cambiar eso. Ni siquiera el suicidio puede cambiar eso porque, dondequiera que esté, yo soy. La forma de mi existencia no es lo importante. El contenido determina la forma. Y mientras tenga cierta percepción errónea de la realidad, atraeré una corrección para esa percepción equivocada.

Ser libre no tiene nada que ver con abandonar el cuerpo. Ser libre significa soltar lo que no es verdad. Si eso no puede ocurrir en el cuerpo, entonces no puede ocurrir en ninguna parte, porque el cuerpo sólo es una forma que viene y va.

De modo que aquí estoy. Y el único modo de poner mi vida en marcha es aceptándola exactamente tal como es, aceptándome y aceptándote exactamente tal como somos. Ahí es donde mi corazón se abre. Ése es el lugar donde comienza el amor.

Cuando retiro mi proyección de ti, entiendo que lo que me gusta o me disgusta de ti es completamente irrelevante con relación a lo que he venido a aprender. Si me gustas, pienso que estás aquí para ser mi pareja y para ayudarme. Si no me gustas, siento que estás aquí para atormentarme. En realidad estas creencias son la misma creencia, simplemente son distintos extremos del espectro.

Un movimiento produce deseo. El siguiente produce miedo. Estos dos, miedo y deseo, van oscilando como un balancín en nuestra vida. Como la creencia en las relaciones especiales alimenta el deseo, cualquier tipo de deseo se basa en una percepción de carencia.

Me falta algo, por lo tanto, necesito que tú me lo proporciones. Ves, esto se basa en el miedo. Y si mis deseos no quedan satisfechos, me siento herido o me enfado. El ciclo del miedo continúa.

Nos gusta elevar el deseo al nivel espiritual. Solemos hablar del deseo de Dios. Eso es un non sequitur, un falso razonamiento. Dondequiera que haya deseo, hay apego, y ahí no hay sitio para Él. Dios llega a un asiento vacío, no a uno que ya está ocupado.

La llama prende en nuestro corazón. La relación con Dios comienza en las profundidades de la soledad y del anhelo. La conciencia de la presencia de Dios se presenta cuando sabemos que no vamos a hallar satisfacción fuera de nosotros mismos.

Ves, tengo que llegar a entender que no hay nada que puedas darme que yo no posea ya. Y no hay nada que puedas arrebatarme que yo tuviera inicialmente.

Todo lo que me das es ilusión. Todo lo que me arrebatas es ilusión.

Lo que yo tengo, tú también lo tienes. Lo que yo no tengo, tú tampoco lo tienes. Ésta es la estructura de la creación divina. Se basa en la completa igualdad. Cualquier desviación de la igualdad existencial es una perversión que nosotros hemos introducido.

No podemos volver a estar en armonía con el plan divino hasta que miremos detrás de nuestras propias ilusiones. Sólo entonces veremos qué es lo real.

Es un hecho difícil de aceptar pero tenemos que afrontarlo, de modo que más vale hacerlo cuanto antes, que mi única relación apropiada con cualquier otro ser humano es una relación de hermandad. Llama a ese otro ser humano Jesús o llámale Hitler. Uno no es más hermano mío que el otro.

La parte de mí que condena a Hitler también me condena a mí, y a todos mis hermanos y hermanas, por nuestros errores. Este es un gesto que se hace en la ilusión: crear chivos expiatorios, negar la responsabilidad de llevar nuestra propia oscuridad a la luz.

Y la parte de mí que pone a Jesús en un pedestal es la que me encuentra inadecuado, y la que encontraría a otros inadecuados. Creo que porque Jesús atravesó y superó su miedo, yo no tengo que atravesar el mío. ¡Gran falacia! Como él atravesó y superó su miedo, me mostró que yo soy capaz de atravesar el mío.

Cuando elevamos o denigramos a otra persona, hacemos este gesto básico de desigualdad que encubre la verdad. Cuando pensamos que otra persona tiene la respuesta para nosotros, o creemos que alguien nos está impidiendo tomar conciencia de nuestro potencial, aceptamos esa ilusión.

Nada de eso es real. Siempre, sólo estamos tú y yo. Somos iguales, pero no solemos percibirnos de esa manera. Toda desviación de la igualdad es una danza extraña y a veces intrigante, pero siempre nos vuelve a poner cara a cara donde estamos ahora.

Finalmente entiendo el punto tres cuando reconozco que todo depende de mí. Yo soy el canal para el amor en el mundo. Sólo entonces es respondida mi llamada al amor. Porque, cuando me abro al amor, lo extiendo, y al extenderlo vuelve a mí.
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¿CUERPO, MENTE Y ESPIRITU?


En el momento de la separación, la mente pareció separase de su Fuente; se convirtió en una mente dividida y nació el ego. 

 

Al hablar de mente dividida, nos estamos refiriendo a dos mentes: Por una parte, la Mente que profesa los pensamientos de Dios y la mente, separada de El. Es en esta mente separada donde se desarrolla el ego, el yo separado. A este respecto y como condición de la existencia de estas dos mentes, UCDM distingue entre el Ser, el cual se refiere únicamente a la realidad de los pensamientos de Dios, que es la única realidad, y la existencia, que hace referencia a la mente separada, el estado ilusorio de no-ser

Tanto la existencia como el estado de ser se basan en la comuni­cación. La existencia, sin embargo, es específica en cuanto a qué, cómo y con quién vale la pena entablar comunicación. El estado de ser carece por completo de estas distinciones. Es un estado en el que la mente está en comunicación con todo lo que es real. En la medida en que permitas que ese estado se vea coartado, en esa misma medida estarás limitando la idea que tienes acerca de tu propia realidad, la cual se vuelve total únicamente cuando reco­noces a toda la realidad en el glorioso contexto de la verdadera relación que tiene contigo. Ésa es tu realidad. No la profanes ni la rechaces. Es tu verdadero hogar, tu verdadero templo y tu ver­dadero Ser.
(T-4.VII.4:1-8)

Podríamos considerar que somos criaturas tripartitas (cuerpo, mente y espíritu), aunque para el Curso no lo es en la forma cómo lo concibe el mundo.

Dentro de nuestra existencia, ligada al estado de no-ser, solo la mente y el cuerpo pertenecen al mundo irreal del ego. El Espíritu es Ser, y es por tanto es la única realidad. El Espíritu no se encuentra como concepto dentro de lo que sería un ser físico pues de hecho, el cuerpo se fabricó exclusivamente para excluir al Espíritu. Por tanto, el Espíritu, no juega ningún papel en lo que podríamos definir como nuestra experiencia humana.

Es por eso, que la tradicional tricotomía se convierte de esta manera en una dicotomía entre mente y cuerpo.

Ahora bien, incluso dentro de la mente, podemos distinguir tres partes. Una primera parte de la mente, que habla a favor de la separación -la voz del ego-, cuya voz solo hable del pecado, la culpa y el miedo y que hace servir las defensas para proteger su existencia. Una segunda parte cuyo mensaje es la irrealidad de la separación, -la voz del Espíritu Santo-, que solo habla del  perdón y la indefensión. Y por último, una tercera parte de la mente, -el tomador de decisiones-, que es la que se encarga de elegir entre las dos voces previas y que de hecho es la única alternativa de elección que poseemos.

La única libertad que aun nos queda en este mundo es la libertad de elegir, y la elección es siempre entre dos alternativas o voces
(C-1.7:1)


El cuerpo como tal no es más que una sombra de la mente separada, pues para protegernos de nuestra culpa y miedo, lo utiliza (el nuestro y el de otros), como medio para distraer nuestros pensamientos acerca de nuestra pecaminosa identidad que el ego ha hecho real.

La idea de la separación, proyectada como un cuerpo, jamás ha abandonado su fuente en la mente, y por tanto es en la mente donde se encuentra el problema, así como la solución. El cuerpo se convierte pues en el instrumento del ego, Jamás es el problema el cual permanece solo en la mente

Este es el origen del mundo que creemos ver. Es la voz del ego la que triunfa,  al menos en nuestra experiencia, al fabricar el mundo ilusorio que llamamos realidad, y al otorgar convencimiento de su existencia, el ego convence al Hijo de Dios que decida a favor de él en lugar de decidir a favor de Dios.

Elegir a favor del ego asegura la continuidad del yo individual y separado, con el convencimiento de haberse convertido en su propio creador. Creyéndose pecador, fabrica un cuerpo para protegerse de la imaginada ira de Dios

El pecado no es ni siquiera un error, pues va más allá de lo que se puede corregir al ámbito de lo imposible. Pero la creencia de que es real ha hecho que algunos errores parezcan estar por siempre más allá de toda esperanza de curación y ser la eterna justificación del infierno. Si esto fuese cierto, lo opuesto al Cielo se opondría a él y sería tan real como él. Y así, la Voluntad de Dios estaría dividida en dos, y toda la creación sujeta a las leyes de dos poderes contrarios, hasta que Dios llegase al límite de Su paciencia, dividiese el mundo en dos y se pusiese a Sí Mismo a cargo del ataque. De este modo Él habría perdido el juicio, al proclamar que el pecado ha usurpado Su realidad y ha hecho que Su Amor se rinda finalmente a los pies de la venganza. Ante una imagen tan demente sólo se puede esperar una defensa igual­mente demente, pero ésta no puede establecer que la imagen sea verdad.
(T-26.VII.7; 2-6)

LOS DOCE PASOS DEL PERDON: Comprende que lo que quieres es amor. P. Ferrini




 SEGUNDO PASO


Comprende que lo que quieres es amor


Pienso que lo que quiero es más dinero, o más sexo, o más reconocimiento, o mejor salud, pero, en realidad, lo que quiero es amor. Creo que tendré razón si demuestro que tú estás equivocado, pero en realidad lo que quiero es amor. Creo que me sentiré mejor si tú eres castigado por tus pecados, pero en realidad lo que quiero es amor.

Lo único que quiero, amigo mío, es que me quieras. Si estuviera seguro de tu amor, el resto estaría bien. De algún modo, encontraría el modo de aceptar el resto y de trabajar con ello.

Aquellos de nosotros que hemos buscado la perfección hemos tenido que aprender a las duras que la perfección no existe. Las demás personas no están aquí para hacernos felices. Están aquí para ayudarnos a aprender. Subyacente a este objetivo apenas recordado está el recuerdo de un amor que nos une a todos.

Estamos aquí para amar y para aprender. No estamos aquí para forzar el aprendizaje o el amor, sino para dejar que cada uno de ellos nos lleve de manera natural hacia el otro. Cuando uno está presente, el otro también.

De modo que la vida no siempre va por donde yo quiero. A veces quiero que me complazcas, y tú estás en mi vida para ayudarme a despertar. Estás aquí para ayudarme a que aprenda a responsabilizarme. Bailamos esta danza en la que yo sigo intentando que tú me des lo que quiero y tú sigues alejándote. Empiezo a pensar que no me quieres. Empiezo a tener resentimiento hacia ti. Me siento enfadado porque creo que te niegas intencionalmente a satisfacer mis necesidades.

Pero tú no estás aquí para satisfacer mis necesidades. Estás aquí para mostrarme mis necesidades a fin de que yo pueda aprender a satisfacerlas por mí mismo. Este es tu propósito y, cuando lo cumples, nos liberas a los dos.

Sabes, creo que quiero que tú satisfagas mis necesidades, pero, en el fondo, eso no es verdad. Quiero que tú satisfagas tus necesidades. Quiero que tú seas feliz. Sólo necesito saber que si te alejas de mí, no me estás rechazando. Sólo necesito saber que me quieres.

Cuando sé eso, no quiero interponerme en tu camino. De hecho, te abriré la puerta y te desearé que todo te vaya bien.

Yo no quiero ser la persona que te retenga en contra de tu voluntad. Y no quiero que se me retenga en contra de la mía.

Sé que todos somos libres de elegir. Sólo necesito saber que, cualquiera que sea tu elección, seguirás queriéndome.

Esto es lo que necesita mi niño. Y aunque sigo haciéndome mayor, ese niño no se va. De hecho, crece y se hace más atrevido en mi corazón. Aprende a pedir lo que necesita.

Ya no le avergüenza pedir.

Antes trataba de manipular y de controlar, e insistía en salirse con la suya. Pero eso era porque no se le escuchaba. Ahora que él sabe que yo le escucho, pide cosas muy simples: «Sólo necesito saber que me quieres».

En mi dolor, en mi confusión, en mi herida, en mi tristeza, sólo necesito saber que soy amado. Si sé que soy amado, el dolor empieza a disiparse. La separación se va superando gradualmente.

Cuando sé que soy querido, algo ocurre. Pero no puede ocurrir hasta que sé que lo que quiero es amor, y tengo la valentía de pedirlo.

Mis sentimientos son una comunicación interna que me dice que no me estoy sintiendo amoroso hacia mí mismo ni hacia los demás. Me he excedido o me he quedado corto, he permitido que alguien me pisara o he pisado a alguien. No me estoy sintiendo amado. No me siento amoroso.

Esto es lo que debo reconocer. Y entonces, cuando lo reconozco, debo decidir que lo que quiero es amor. No puedo continuar con este proceso de perdonar a menos que decida ahora mismo que lo que quiero es amor.

Sí, está bien sentir mi dolor, pero el dolor simplemente me dice que lo que quiero es amor. Sentirme separado, enfadado, envidioso, culpable o triste simplemente me dice que lo que quiero es amor.

Lo increíble es que cuando no justifico ni condeno mis sentimientos, me llevan a un vacío que sólo el amor puede llenar. Y el amor siempre comienza en mi propio corazón.

Tu amor se puede unir a él, pero yo no puedo depender de tu amor. El amor entra cuando empiezo a quererme a mí mismo. Y el amor entra cuando empiezo a quererte a ti.

De modo que el segundo paso me ayuda a reconocer que quiero amor y que puedo dármelo a mí mismo. Este reconocimiento pone en marcha el siguiente.