DESPERTAR AL AMOR

con un curso de milagros

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despierta al amor

LOS DOCE PASOS DEL PERDON: NOVENO PASO Acepta la lección. P. Ferrini



NOVENO PASO


Acepta la lección



La vida nunca me trae lo que yo espero. Si la vida me trajera lo que espero, yo no aprendería nada. Inevitablemente, mis expectativas deben quedar frustradas para que yo pueda tener acceso a una realidad más profunda y más amplia.

Cada lección que me llega trata de hacerme despertar, no de castigarme. Mientras piense que Dios o el universo están intentando castigarme, seré incapaz de aceptar mi lección y de aprender de ella.

En verdad, cada lección trata de elevarme. Si estoy en precario, esa lección podría destronarme antes de inspirarme, pero su objetivo siempre es elevarme.

Por supuesto, mi lección y mi interpretación de ella son polos opuestos, están a ciento ochenta grados de distancia. Lo cierto es que no puedo comprender la lección en el nivel del ego. La lección siempre me lleva más allá del ego.

Si estoy tratando de reforzar el ego, Dios nunca me dará eso. Sin embargo, mi fe en Dios suele depender de que mi ego quede suficientemente reforzado.

¡Cómo no voy a sentir frustración! En cuanto pienso que estoy libre de las antiguas limitaciones conceptuales, vuelvo a la batalla.

Aprender mi lección me exige tener mucha compasión por mí mismo. Tengo que darme cuenta de que no me resulta fácil cambiar mi manera de percibir la realidad. Si lo fuera, no necesitaría una lección que practicar.

De modo que tengo que ser paciente. Tengo que ir a mi ritmo. No hay prisa. La mayoría de mis lecciones no están orientadas a conseguir nuevos logros, están orientadas hacia la percepción. No necesito cambiarme a mí mismo, cambiar a los demás o cambiar el mundo. Necesito cambiar mi percepción de mí mismo, del otro y del mundo.

Entiendo mal mi lección si creo que me pide que sea algo que no soy, o que dé algo que no tengo. Si surge el miedo, la enseñanza me impulsa a atravesarlo. Si hay algo que representa una carga para mí, se me pide que no cargue con ello.

Cualquiera que sea la lección, es perfecta para mí. Me pide que haga exactamente el ajuste que soy capaz de hacer. Nunca me pide más de lo que puedo dar.

De modo que la confianza se convierte en un factor importante. Cuanto más confío en mis lecciones, más coopero con ellas, y mejor las aprendo.

En lugar de sospechar de lo desconocido, le doy la bienvenida. Veo cómo me expande y profundiza el lugar donde el amor puede habitar en mí.

Evidentemente, esto no es tan fácil como suena. Cuando siento dolor en mi vida, me tenso automáticamente. Me resisto al dolor. Lucho con él. Me quejo. Raras veces soy capaz de aceptar el dolor y de preguntar cuál es su mensaje. Mi tendencia a resistirme viene de la creencia de que el dolor es un ataque contra mí. De modo que trato de exorcizarlo. Pero eso sólo ahonda el dolor. Por experiencia, aprendo que no puedo salir del dolor a través de la resistencia, sino de la aceptación.

Es una paradoja abrumadora. El dolor sólo se disuelve cuando dejo de invertir en que se vaya. En cuanto trato de librarme de él, el dolor se resiste.

El dolor no es un castigo, sino una comunicación. Me dice que algo se ha torcido. Me pide que realice algún tipo de ajuste. Me pide que venga a una nueva conciencia.

Asimismo, cada lección me pide que abra mi corazón y mi mente de una manera nueva. Debo renunciar a los viejos mecanismos de defensa que ya no necesito para sobrevivir. Centímetro a centímetro, el territorio cedido al miedo debe abrirse al abrazo del amor.

Es un proceso gradual. No se me pide que me abra de una vez. Mientras realice algún progreso, estoy cooperando con mi lección.

Eso no quiere decir que no halle resistencias. De vez en cuando las encuentro. Mi meta no debe ser intentar librarme de las resistencias, sino darme cuenta de cómo vienen y van. Así empiezo a entender cómo mis pensamientos, sentimientos y creencias influyen en mi vida.

Cada vez más me doy cuenta deque lo importante no es lo que ocurre en mi vida, sino cómo reacciono ante ello. Al poner el énfasis en mis reacciones, sobre las que puedo influir, me fortalezco a mí mismo para abordar creativamente las abundantes situaciones difíciles que la vida me presenta.

Ya no soy una víctima de fuerzas desagradables y externas a mí, sino el protagonista que influye positivamente en el resultado de los sucesos al mantener una actitud de confianza, esperanza y fe. Ciertamente, cuando ocurre algo que altera mi paz, me doy cuenta que mi actitud hacia la vida se ha desplomado. Cuando me permito mirar con tranquilidad dentro de mí y elevar mi corazón, veo a mi alrededor un mundo más grácil y cooperativo.

En contra de lo que nos dice nuestra antigua programación, los sucesos de nuestra vida nunca están fijados. Y nunca significan lo que nosotros pensamos. Todo está en movimiento, incluyendo nuestros pensamientos y sentimientos. Así, si realmente queremos entender lo que está ocurriendo en nuestras vidas, tenemos que estar con la situación, contemplándola durante un tiempo. En cuanto me tomo el tiempo de sentir lo que está ocurriendo, tengo más posibilidades de responder a ello apropiadamente.

Lo peor que podemos hacer con una lección es decidir inmediatamente lo que significa. Tenemos que estar en esa situación sin juzgarla ni interpretarla. Tenemos que sentirla, hacernos una idea de ella, y ver cómo se mueve a medida
que cambian nuestros pensamientos y sentimientos.

Este es el proceso de escucha interna. Eugene Gendlin escribió un libro muy útil titulado “Focusing” que ofrece una técnica pormenorizada para sintonizar con nuestrasensibilidad profunda. Las técnicas de meditación también son de ayuda.

Cuando nos damos tiempo para contemplar una situación problemática, no tratamos de analizarla ni de resolverla intelectualmente. Hacer eso es tratar de abordar el problema desde el mismo nivel en que fue creado. Eso no funciona. Tenemos que tomar tierra y ahondar en las sensaciones del cuerpo. Tenemos que salir de nuestra mente pensante y entrar en la mente que siente.

La mente que siente contiene la totalidad de la situación. No selecciona una pieza a expensas de otra. No trata de elegir, porque la elección sólo agravaría el conflicto. Simplemente se extiende para contener todos los aspectos, todas las polaridades, todas las contradicciones. Abraza la situación como una totalidad, sin juzgarla. Tan sólo permite que todo esté plenamente presente en la conciencia.

El acto de dejar ser a la totalidad de la situación permite que se produzca un cambio sutil en la conciencia. En ese cambio, el objetivo no es resolver el problema o elegir entre dos posiciones polarizadas, sino tender un puente entre ellas, lo cual cambia la percepción de que son mutuamente excluyentes.

Esto es similar a una negociación entre dos personas que están en desacuerdo. Cuando dos personas quieren resolver sus diferencias, a menudo es esencial el concurso de un tercero. Esta tercera persona —que puede ser un mediador o terapeuta— está encargada de encontrar el terreno común donde las otras dos puedan ser escuchadas y puedan satisfacer sus necesidades.

El mediador cambia el marco en el que hay que elegir entre dos cosas al marco en el que ambas cosas pueden darse a la vez. El mediador ayuda a construir en ambas personas una conciencia del «nosotros». En este espacio del «nosotros» es donde se resuelven los problemas. Ciertamente, en el espacio del «nosotros» los problemas dejan de existir. Sólo era un problema porque ambas partes lo veían desde el espacio del ego.

Lo mismo es válido para la conciencia misma. Los problemas no se resuelven desde las estrechas percepciones del ego, que están plagadas de conflictos, sino desde la visión expandida del Espíritu, en la que todas las contradicciones pueden quedar contenidas.

Así, estar con un problema requiere un cambio de conciencia, requiere pasar del pensar al sentir. También exige pasar de ese marco mental en el que los contenidos de la conciencia se consideran polarizados y opuestos entre sí, a ese otro marco en el que se consideran coexistentes y están debidamente contenidos.

Estos mismos principios rigen a la hora de establecer la paz dentro de la mente, y también la paz entre individuos y naciones. En cada caso la paz requiere un cambio de intención y de atención, un cambio de conciencia y de percepción.

Cuando lucho contra la lección que me toca aprender, ella es mi enemiga. Cuando la acepto, es mi amiga. Siempre establezco algún tipo de relación con mi lección, y la relación que establezco determina si me resisto a ella o si la aprendo y paso a otra cosa.

Una enseñanza que no permita aprender lecciones no es una enseñanza espiritual, sino una forma de adoctrinamiento. Y las lecciones siempre se aprenden abriendo el corazón y la mente. No tienen nada que ver con conceptos rígidos y morales absolutas. Siempre son experimentales.


De modo que nuestras vidas son laboratorios de aprendizaje. Nuestra experiencia emocional y mental es un aula en la que aprendemos a culpar o a bendecir, a rechazar o a aceptar, a controlar o a liberar.

FRENTE A LA MUERTE (subtítulos en español) Gangaji

Excelente vídeo de 10 minutos donde Gangaji habla de la muerte física.



click en el botoncito cuadrado de abajo a la derecha y apareceran los subtítulos


Gangaji, cuyo nombre original era Merle Antoinette (Toni) Robertson, nació en Texas en 1942, pasando su infancia y parte de su juventud en el estado de Mississippi (EE.UU.). Después de graduarse en la Universidad de Mississippi en 1964, se casó y tuvo una hija. En 1972 se trasladó a San Francisco, donde empezó a explorar los niveles más profundos de su ser.
Como muchos de sus contemporáneos, buscó la satisfacción y la plenitud en las relaciones, en su carrera profesional, en la maternidad, en el activismo político y en la práctica espiritual.
En su búsqueda personal de la verdad tomó el voto delBodhisattva, practicó meditación Zen y Vipassana, y ayudó a dirigir un centro de meditación budista y trabajó también como acupuntora.
A pesar de sus éxitos profesionales, personales y políticos no lograron eliminar el vacío interior que sentía, un profundo y persistente anhelo de realización. La respuesta a su petición de ayuda le llegó inesperadamente en 1990, junto al río Ganges, en la India. Allí encontró al quer sería su maestro Sri Poonjaji (H.W.L. Poonja), un discípulo de Sri Ramana Maharshi. En ese encuentro con su maestro, a quien amorosamente llama Papaji, se reveló la verdadera plenitud que había estado buscando toda su vida. Él le mostró la forma de reconocer a su verdadero Ser.
"El extraordinario evento en esta vida fue encontrar a Papaji. Hasta entonces había estado buscando lo trascendental o lo extraordinario por todos lados, pero después de encontrarme con Papaji, empecé a buscar lo extraordinario en cualquier momento"
Actualmente Gangaji viaja continuamente por todo el mundo dando charlas en las que comparte con sus oyentes su directa experiencia del mensaje esencial que recibió de Papaji. A través de la autoindagación, tal como la enseñaron Ramana Maharshi y Papaji, ella muestra el camino de la libertad a cuantos quieran oírla.

EL CAMPO CUÁNTICO UNIFICADO - DEEPAK CHOPRA




No podemos conocer este campo solo pensando en él, ya que ES TRASCENDENTAL AL PENSAMIENTO Y LA RAZÓN.

Sin embargo, podemos tener un conocimiento experimental de este campo, sólo TRASCENDIÉNDOLO.

Al trascender, comprendemos e integramos el aprendizaje directamente, sin la intervención de la mente.

Cuando meditamos, tenemos la experiencia del SER puro. Y cuanto mas experimentamos el campo de la CONCIENCIA PURA, mas se impregna nuestra actividad cotidiana de todo ello.
Pero ¿Qué es el CAMPO CUÁNTICO UNIFICADO?

Los físicos dicen que cuando vamos mas allá del campo de las partículas subatómicas, cuando entramos en la nube de partículas subatómicas que forman el átomo e intentamos comprender y examinar esas partículas, no existen elementos que alcancen a medir la infinita pequeñez de estas. De hecho, esas partículas son tan, pero tan pequeñas, que no se pueden medir, solo podemos pensar en ellas e imaginarlas. Nunca han sido vistas hasta ahora, nadie las ha visto.

Pero ¿cómo sabemos entonces que existen?

Lo sabemos por la evidencia del rastro que dejan tras de si en los aceleradores de partículas. Se puede ver y fotografiar el rastro que dejan estas partículas y, al ver su rastro, podemos confirmar que existen.

Otra faceta muy interesante es que SOLO EXISTEN CUANDO LAS OBSERVAMOS.
Asi que, cuando observamos estas partículas PARPADEAN PARA MOSTRARNOS QUE SON REALES, QUE ESTÁ AHÍ. Y cuando dejamos de prestarles atención, DESAPARECEN EN EL VACÍO.

Parpadean, encendiéndose y apagándose como lucecitas en un cuarto oscuro.Podemos imaginar ese cuarto oscuro como el espacio infinito y dentro de él, las partículas iluminándose para existir cuando sobre ellas ponemos NUESTRA ATENCIÓN.
Es como si nos dijeran: ¡Sí, aquí estoy!, ¿Hacia dónde tengo que dirigirme, de todas las probabilidades... cuál eliges?

Cuando ponemos nuestra atención en ellas, existen y cuando no lo hacemos, son solamente una amplitud de probabilidades en el campo de todas las posibilidades. Esto se debe a que cada partícula es al mismo tiempo una onda hasta el momento de su observación. Una onda no está restringida a un tiempo y espacio en particular, una onda es una probabilidad de gran amplitud que abarca todas las posibilidades.

La ATENCIÓN es lo que transforma esa probabilidad y la convierte en realidad por el hecho de PONER NUESTRA ATENCIÓN EN ELLA.

POR LO TANTO, TU Y YO CREAMOS A CADA MOMENTO SEGÚN NUESTRO GRADO DE CONCIENCIA y de observación.

De hecho, toda la creación es el SER experimentándose a si mismo, a través de LAS CUALIDADES DE SU PROPIA OBSERVACIÓN.


Si nuestra atención esta fragmentada o no es continua, entonces nosotros estaremos fragmentados. Si nuestra atención está en la totalidad, entonces nosotros somos la totalidad.

UNA RESPUESTA A PREGUNTAS EXISTENCIALES







DIOS ES UNO, el Universo es UNO, el hombre es UNO, y a su vez, el Hombre, el Universo y Dios mismo como 
creador vuelven a unificarse en aquella Esencia sin nombre, la cual para captar, es incompetente absolutamente, toda postura mental.  Hallar entonces, el camino hacia esa Unidad, es nuestra tarea, y ninguna otra. No puede ser ya ninguna otra.

LOS DOCE PASOS DEL PERDON: Tercera piedra angular CONFÍA EN TU VIDA. P. Ferrini


Tercera piedra angular


CONFÍA EN TU VIDA



Buena parte de nuestra vida nos lleva al límite de nuestras fronteras y nos deja allí. Nos dice: «Tú no estás limitado a lo que queda dentro de estas fronteras».

Para confirmar esta intuición, nos damos cuenta de que vamos chocando con todos los límites que nosotros mismos hemos creado. Cada vez que nos posicionamos —y casi no importa qué postura tomemos— separamos una realidad unificada en dos partes aparentes. Puedes llamar a esas partes como quieras: bien y mal, masculino y femenino, alto y bajo.

De la unidad, hacemos la dualidad. En cuanto digo yo, tengo el tú, que significa no-yo. Y si digo nosotros, quiero decir no-ellos.

Por más que expanda mi conciencia, continúo encontrándome con personas o situaciones que no puedo aceptar. Allí es donde trazo la frontera. Establezco mis límites. Lo que queda a este lado de la línea es aceptable. Y lo que queda al otro lado de la línea no lo es.

Ésta es la naturaleza del viaje de mi conciencia: toda mi vida es un proceso de establecer y borrar fronteras. Cuando puedo verlo así, aprendo a ser más flexible conmigo mismo y con los demás. Sé que las fronteras no son reales. Más bien son mis creencias las que hacen que parezcan reales. Cuando cambio mis creencias, esas fronteras desaparecen.

Siempre estoy tratando de definir y de ordenar mi existencia. Y cuanto más intento ordenarla, mayor es la chapuza que hago de ella. Lo cierto es que no soy muy bueno en esto de controlar mi vida. Antes o después llego a esta conclusión.

Antes o después me doy cuenta de que mi propósito aquí no es intentar controlar mi vida. Mi propósito es trabajar con ella.

Puedo decir lo que quiero. No hay nada malo en eso. Pero debo elegir lo que me llega, tanto si es lo que quiero como si no.

A menudo creo que lo que me ocurre no es lo que quería que me ocurriese. Pero, después, descubro que eso es exactamente lo que necesitaba en ese momento. Antes o después me doy cuenta ele que no sé lo que necesito.

Mi fuerza de vida lo sabe. Mi fuerza de vida sabe lo que necesito y lo atrae hacia mí. Solía llamar a mi fuerza de vida destino o Dios, pero eso no funcionó porque la situaba fuera de mí.

¡No está fuera! No está dentro ni fuera, o tal vez está dentro y fuera. Cuando trazo la línea, se retira tan dentro de mí que no puedo encontrarla, o se expande más allá de cualquier límite que yo pueda imaginar. Es tan pequeña que pasa completamente de incógnito. Si la buscas en el cuerpo/mente no podrás encontrarla.

¿Cuánto pesa el cerebro? Es más ligera que eso. ¿Cuánto pesa el alma?¡Incluso es más ligera que eso! Demasiado ligera para ser pesada: la ley de la gravedad no le afecta. Y sin embargo es tan extensa que el universo no es lo suficientemente grande para contenerla.

Cuando miro a quien realmente soy, no veo límites, no hay dentro ni fuera. Cuando miro a quien realmente soy, no soy diferente de ti. No soy diferente de Dios. Todo es lo mismo. Todo es un movimiento de la fuerza de vida, sin principio ni final.

Cuando estoy dentro de mis fronteras, todo me parece muy importante. Cuando la vida entra y borra esas fronteras, me doy cuenta de que todas esas cosas que creía tan importantes son insignificantes.

Cada ola es una purificación, una disolución de apegos, un borrar la pizarra del juicio y la evaluación. Como dijo mi amigo Ji en una conferencia reciente: «Estaba tan feliz y dichoso que no pude rellenar la hoja de evaluación».

Lentamente, las energías giratorias de mi vida se ralentizan hasta acabar en una suave danza. ¡Es extraordinario! Empiezo a darme cuenta de que mi vida está bien tal como es. No tengo que cambiar nada. No tengo que cambiar mis relaciones, ni mi trabajo ni donde vivo para ser feliz. Soy feliz aquí, ahora mismo, tal como soy. La vida ha venido a mí y yo la he abrazado, simple y profundamente.

No sé qué traerá el momento siguiente, pero eso no importa. Lo que venga estará bien. Porque he dejado el miedo atrás junto con mis juicios. Ninguna mancha del pasado tiñe mi inocencia; ninguna expectativa de futuro empaña mi libertad de ser yo mismo o de dejarte ser. Habito simplemente en la comprensión de que estoy bien tal como soy, de que tú estás bien tal como eres, y de que la vida está bien tal como es. Ésta es mi dicha. Ésta es mi sustancia.

El resto sólo es tamaño y forma. El resto sólo es forma que retorna al polvo de donde vino.

Lo insustancial no puede contenerlo sustancial. Los límites no pueden contener lo informe. La mente limitada no puede contener la mente de Dios. Pero la mente de Dios contiene todas las cosas. Es una copa que siempre está vacía. Por más vino que vertamos sobre ella, nunca se llena. Ésta es la profunda bendición a la que todos estamos acudiendo. Esta es la oración en nuestros labios, la canción olvidada que recordamos cuando nuestros corazones se abren mutuamente. Y la canción simplemente dice: «Bienvenidos, hermano y hermana. El lugar que dejasteis ha permanecido vacío, esperando vuestro retorno.

Bienvenidos a casa».

LOS DOCE PASOS DEL PERDON: Sé tu propia autoridad. P. Ferrini





OCTAVO PASO




Sé tu propia autoridad





Seamos claros: ¡ser tu propia autoridad no significa ser una autoridad para nadie más! Simplemente significa que no dejas que nadie sea una autoridad para ti. Todo el mundo es libre de elegir, incluyéndote a ti. Y todo el mundo es responsable de la elección que hace. Las cosas no podrían ser de otra manera.

Muchas personas intentan cruzar estas líneas claras de responsabilidad, pero eso sólo nubla su percepción de la realidad. No busquéis el castigo con glotonería. Honrad estas frases y os honraréis mutuamente.

En primer lugar, entiende que no estás responsabilizándote de ti mismo cuando:

1. Dejas que otra persona decida por ti, o

2. Decides por la otra persona.

Esto es codependencia. No es algo que te fortalezca ni que fortalezca al otro. Puede parecer que te da una ventaja temporal, pero el precio que pagas por esa ventaja es perder la libertad de elegir tu propia vida.

Es genial escuchar a otros y aprender de otros. Compartir íntimamente es esencial para tu crecimiento espiritual. Te ayuda a saber dónde estás y puedes usarlo para expandir tus percepciones. Pero los demás no saben lo que necesitas. Ni siquiera las personas con capacidades psíquicas y los intuitivos pueden decirte lo que necesitas saber. Es posible que te transmitan una información importante, o tal vez no. En cualquier caso, eres tú quien debe usar dicha información para encontrar tu paz.

Entiende que hay un límite a lo que otras personas te puedan decir que te resulte verdaderamente útil. Y esos límites también son aplicables a lo que tú puedas decir a los demás. La mayor ayuda que puedes dar o recibir de los demás son las palabras de ánimo. Cualquier otra cosa no suele servir de mucho.

Para ser tu propia autoridad, debes dejar atrás la idea de que hay respuestas fuera de ti. Debes dejar atrás el concepto de que hay algo que conseguir.

La autoridad viene directamente de la experiencia. Dice: “Honro mi vida. Acepto lo que es verdad para mí, aunque no sea verdad para otros”.

La autoridad interna es inconsistente con dar recetas a otros. En cuanto intentas hacer que otros encajen en tus valores y creencias, recortas el poder que esos mismos valores y creencias tienen en tu vida. En cuanto necesitas el acuerdo de otros para honrar tu propia vida, has perdido el contacto con tu autoridad interna.

Todo el mundo tiene el derecho y la responsabilidad de decir: “Esto es cierto para mí. Esto funciona para mí”. Esta autoafirmación es importante. Porque ninguna otra vida es exactamente como la mía. Las experiencias de cada individuo son únicas, y deben ser aceptadas como tales.

Cualquiera que trate de negar la integridad de mi experiencia, niega también su propia experiencia. Es imposible autoafirmarse negando a otros.

De modo que toda la energía que invierto en negar y juzgar a los demás, me aleja de mi guía interna y de mi verdad. No empiezo a saber lo que es verdad para mí hasta que honro la experiencia de otros.

Y esto también va en el otro sentido: no empiezo a oír mi propia verdad mientras haga más caso de la experiencia de otros que de mi propia experiencia. La autoridad viene de dentro y se detiene en la superficie de la piel.

Mi autoridad establece límites a mi deseo de elegir cuando ese deseo altera la libertad y la responsabilidad de otros para elegir por sí mismos. También me capacita para elegir por mí mismo cuando otros quieren elegir por mí.

Mi autoridad es consistente con tu autoridad, e igual a ella. Tú no puedes negar ni excederte en tu autoridad sin invitarme a hacer lo mismo. En este sentido, tu fidelidad a tu propia experiencia fomenta tanto tu inocencia como la mía.

Ahora, dicho esto, está claro que excedernos en nuestra autoridad o someternos a una autoridad externa forma parte de nuestro proceso de aprendizaje aquí. Es parte de nuestra danza conjunta.

Así, nuestra intención no debe ser la de acabar el baile, sino ser testigos de él. Ser testigo de esta danza hace que los movimientos se centren. Los hace más visibles. A medida que tomamos conciencia de nuestro exceso o falta de autoridad, la corrección se realiza de manera natural. Ser testigos nos ayuda a ver y aprender de nuestra propia conducta sin juzgarla.

El problema con la autoridad es uno de los problemas más profundos con los que vamos a tener que lidiar. No hay ni uno solo de nosotros que no se encumbre o que no se machaque hasta acabar a ras de suelo. No aprendemos sobre nuestra autoridad existencial hasta que no vemos la falsedad de nuestra autoridad basada en el ego. Una viene de la simple aceptación de nosotros mismos y de los demás. La otra viene de una profunda sensación de inadecuación que proyectamos en los demás.

Quienes tienen la ilusión de ser superiores a los demás, suelen abrigar sentimientos inconscientes de inferioridad. Y los que se refieren constantemente a la fuerza o a la sabiduría de otros, suelen abrigar sentimientos inconscientes de superioridad. Curiosamente, ni la persona que se presenta como superior ni la persona que se presenta como inferior, están dispuestas a quedarse solas con sus convicciones. De un modo u otro, ambas buscan el apoyo y el acuerdo de los demás.

Debemos despertar al hecho de que podemos ser demasiado fuertes o demasiado débiles para nuestro propio bien. A los que estudian el “I Ching” este concepto no les resultará extraño. Los que son demasiado fuertes atraen a los débiles, y así ellos mismos se debilitan. Y los que son demasiado débiles atraen a los fuertes, y se fortalecen gracias a ellos.

El fuerte y el débil usan al otro para alcanzar el equilibrio. Por desgracia, éste no es un proceso consciente, de modo que el intercambio no suele entenderse bien y tampoco se agradece.

En este punto de nuestra evolución colectiva parece importante que este proceso de llegar al equilibrio se haga de manera consciente. Por eso se están publicando tantos libros sobre el abuso y la codependencia. Estos intercambios, cuando se producen inconscientemente, dejan muchas heridas indescriptibles.

Hablar de nuestras heridas es saludable. Es nuestra manera de adueñarnos de nuestra experiencia y de responsabilizarnos de nuestra curación.

Todo este proceso tiene que ver con el RESPETO, respeto por nosotros mismos y respeto por los demás. “Respeto” viene de la palabra “specere”, que significa mirar, Re-spetar, por lo tanto, significa mirar atrás, volver a ver o ver de una manera diferente.

Se comprende que primero “veremos oscuramente a través del cristal, y después veremos con claridad”. Primero percibiremos mal, y después corregiremos nuestra percepción. Primero cometeremos errores y después aprenderemos. Primero nos excederemos el uno con el otro y después nos perdonaremos.

Éste es un proceso que se repite una y otra vez. Conseguimos el respeto por nosotros mismos y por los demás violando la ley de igualdad. La conciencia de nuestra violación es la que nos lleva hacia la igualdad.

De modo que cuando decimos: “Sé tu propia autoridad”, queremos decir: “Aprende a ser quien verdaderamente eres y aprende a ver a los demás como verdaderamente son”. Practica la igualdad. Aprende de la desigualdad. Acepta el proceso. Úsalo para alinearte y crecer.

LOS DOCE PASOS DEL PERDON:Estate dispuesto a aprender y a compartir. P. Ferrini




SÉPTIMO PASO


Estate dispuesto a aprender
y a compartir


En cuanto pienso que todo me cuadra, el amor me deja. ¿Por qué es así? Porque cierro la puerta en mi cabeza. Y cierro la puerta en mi corazón. Digo: «Basta. Ya tengo suficiente».

Bueno, aparentemente, mi profesor interno no está de acuerdo. Y tengo otra lección que aprender con humildad. Todo lo que sé no significa nada si en este momento no estoy en paz. Y cuando estoy en paz, la necesidad de saber queda atrás.

Un Curso de Milagros dice que enseñamos lo que necesitamos aprender. Es importante tomar conciencia de esto. Cuando me pongo de pie para compartir mis experiencias contigo, estoy reforzando mi proceso de aprendizaje.

Al compartir, profundizo en lo que he aprendido. Lo extiendo a través de los chacras. Tomo un conocimiento intelectual, lo personalizo y lo llevo al corazón. Cuando me escuchas profundamente, sé que lo que es verdad para mí también es verdad para ti.

Al compartir, aprendo a escucharte. Veo cómo has interiorizado las cosas de manera diferente, con un énfasis diferente. Queda claro que has dominado ciertas lecciones con las que yo aún estoy hecho un lío. Entiendo que tú eres mi maestro tanto como yo soy el tuyo.

Enseñar y aprender son procesos que duran toda la vida. Aún cuando represento el papel de profesor, estoy aprendiendo, y aún cuando represento el papel de alumno, estoy enseñando.

Mi manera de aprender se convierte en una enseñanza. Y mi forma de enseñar se convierte en un aprendizaje. Ves, el proceso continúa indefinidamente. Nunca hay un momento en mi vida en el que no pueda beneficiarme de la respuesta que me das. Aunque el noventa y nueve por ciento de ella sea un juicio sobre mí, puedo saborear el uno por ciento que es verdad.

No sólo los profesores deben responsabilizarse de lo que enseñan aprendiéndolo ellos mismos, sino que los alumnos también deben responsabilizarse de lo que aprenden. Nadie te enseña nada sin tu permiso.

De modo que yo siempre estoy aprendiendo. Y tú también. Ésta es la base sobre la que nos encontramos, cara a cara, como iguales.

Si bien puedo hacer parte de mi trabajo espiritual en solitario, practicando la meditación, observando mis pensamientos y sentimientos, y estudiando las Escrituras, hay una pieza importante que no puedo hacer solo.

No puedo superar la proyección a menos que la experimente. Necesito proyectar sobre ti y necesito proyectar sobre mí para poder experimentar este fenómeno. Necesito experimentar mi aparente separación de ti antes de poder rechazarla y considerarla una ilusión.

Ninguno de nosotros se salva en solitario. Aprendemos y crecemos a través de nuestras interacciones, por más dolorosas que sean.

De modo que, si me aíslo de los demás, sólo estoy posponiendo mi expiación. Antes o después, tú y yo debemos encontrarnos y desplegar nuestro drama.

Sin interacción, nuestros dos yoes separados nunca entenderían el amor de Dios. La necesidad de interacción queda confirmada por el hecho de que una parte de Dios se siente separada de otra. Donde quiera que se sienta separación, siempre es necesaria la interacción para tender un puente.

Esto es cierto aunque nos pasemos el rato pegándonos. El problema es que seguidamente nos divorciamos y seguimos caminos separados pensando: «Bueno, esto no ha funcionado», y buscamos otra persona con la que sentirnos cómodos.

Seguimos tratando de unirnos y seguimos fracasando, porque eso no es lo que se está pidiendo de nosotros. Dios no nos pide que nos unamos. Nos pide que nos honremos mutuamente.

La regla dorada dice: «Haz a los demás lo que te gustaría que ellos te hicieran a ti». No dice: «Fúndete con la persona que te resulte cómoda».

Mientras sigamos intentando fundirnos, seguiremos sin entender cuál es el punto verdaderamente importante. No estamos aquí para encontrar nuestra salvación los unos en los otros, sino a través de los otros.

No es necesario unirnos entre nosotros porque ya estamos unidos en Espíritu. Para nuestra realidad basada en el ego, parecemos estar separados. Parecemos tener distintas personalidades y diferentes necesidades. Seguimos intentando unirnos en este nivel, pero no podemos. La unificación se produce cuando esas diferencias caen.

Cuando «hacemos a los demás lo que nos gustaría que ellos nos hicieran a nosotros», ponemos de relieve lo único que compartimos legítimamente como seres separados: nuestra igualdad. Al honrarnos unos a otros como iguales, asumimos nuestra correcta relación mutua y hacemos posible que la divina presencia se manifieste a través de nosotros. Como dice Martin Buber: Dios no existe en ti o en mí, sino donde nos encontramos.

Descubrir «ese lugar de encuentro» es la danza de la vida. También es una de nuestras principales prácticas espirituales.

Cada oportunidad que aprovechamos para compartir nuestros pensamientos y sentimientos con otros nos ayuda a ir más allá de nuestra realidad basada en el ego para descubrir nuestras aspiraciones y necesidades comunes. Cada vez que abrimos mutuamente nuestros corazones, disolvemos activamente la ilusión de que estábamos separados.

En definitiva, no nos juntamos para unirnos, sino para ser testigos de que ya estamos unidos, corazón con corazón y mente con mente. Podemos salir de esa unión juzgando y resaltando nuestras diferencias, o podemos seguir juntos, aceptando y bendiciendo a cada persona tal como es.

Cuantas más veces venimos al espacio compartido, el círculo sagrado, más nos damos cuenta de que es nuestra casa, y cada excursión del ego es una desviación. Esto no significa que no volvamos a salir, pero, aunque nos alejemos uno del otro, tenemos muchas ganas de volver a estar juntos.


Sabemos dónde está nuestro hogar. Y sabemos que podemos volver a él cuando estemos listos.

LOS DOCE PASOS DEL PERDON: Acéptate como eres y acepta a los demás como son. P. Ferrini















SEXTO PASO


Acéptate como eres y acepta
a los demás como son



La aceptación es divertida. Por un lado, estamos diciendo: acepta tus errores y aprende de ellos. Por otro lado estamos diciendo: estás bien tal como eres. Estamos diciendo: acepta tu oscuridad y llévala hacia la luz. Cuando la lleves a la luz, la oscuridad desaparecerá. Pero ¿qué pasa si no desaparece?

A veces, cuando trato de llevar oscuridad a la luz, es la luz la que parece desaparecer, y me quedo en una oscuridad aún mayor. ¿Qué puedo hacer entonces? Entonces tengo ante mí una elección muy simple: puedo castigarme a mí mismo, sentirme un fracasado y condenar a Dios y al mundo, o puedo aceptar donde estoy. «Aquí estoy, en la oscuridad, y no parece haber ninguna luz. Está bien. Simplemente estoy aquí. No hay alabanza. No hay culpabilidad».

Cuando hago esto, me convierto en la luz que estaba buscando. Cada gesto de autoaceptación desvela la luz interna y ayuda a aligerar mi camino. Es posible que la ligereza sólo me dure un minuto más, pero eso está bien. Cuando me acepto, el paso siguiente viene por sí mismo.

El amor de Dios, la gracia, la guía, como quiera que lo llames, viene a través del canal de tu amor hacia ti mismo. Cuando te aceptas tal como eres, abres ese canal. Y lo mismo ocurre cuando aceptas a los demás tal como son.

El camino de la paz es simple si estás dispuesto a practicarlo:

1. Acéptate tal como eres. Estás bien con todos tus problemas, dolores y preocupaciones. No tienes que cambiar nada. No tienes que conseguir nada ni tienes que librarte de nada. Eres perfecto aquí y ahora. Deja que ese conocimiento cale dentro de ti. Conforme lo haga, los juicios se irán cayendo por sí mismos.

2. Acepta a los demás tal como son. Ellos están bien con todos sus aparentes aspectos positivos y negativos. No tienes que cambiarlos. Ellos no tienen que mejorarse a sí mismos para merecer tu aceptación. Ellos no necesitan tu aprobación y tú no necesitas la suya. Ellos están bien y tú estás bien. Nadie tiene razón. Nadie está equivocado. Existís el uno al lado del otro. A medida que aceptas a los demás, tu corazón se abre. A medida que aceptas a los demás, te haces más delicado contigo mismo.

3. Acepta tu vida tal como es ahora mismo. No tienes que cambiar nada al respecto. Cada situación es perfecta tal como es. Cada relación es perfecta tal como es. Cada lección te permite crecer. Cada obstáculo externo te ayuda a profundizar más, hasta la Fuente misma del amor. No interpretes tu vida, pues si lo haces encontrarás que le falta algo. No le falta nada. Tus interpretaciones a favor o en contra son la ilusión que has de deshacer. Acepta tu vida tal como es. Entonces, todas las creencias que no te honran o que no honran a los demás se caerán, porque no habrá nada que las sustente. Hacia el espacio vacío que creas en tu corazón al negarte a juzgar, fluye la presencia del amor. Ahora ya no estás solo. Ahora tu compañero ha llegado.

La aceptación es algo muy simple, y sin embargo es lo más difícil de aprender. Porque, con la aceptación, nuestro ego se queda a un lado. Con la aceptación, las barreras a la presencia del amor se disuelven.

Este camino es el camino de la aceptación. Te opondrás a aquello que no puedas aceptar, y en esa oposición estará tu atadura. Lo que aceptas atraviesa delicadamente tu corazón. Nada te empuja. Nada te retiene. Vas donde quiera que te lleve el amor.

Esta es una proposición que se renueva momento a momento. A cada momento, viene la resistencia o el apego. Observamos cómo viene. Observamos la lucha. Observamos cómo nos vamos cansando, hasta que finalmente soltamos. Dejamos que la lucha se despliegue. Siempre lo hace.

Nos hacemos más pacientes. Estamos más dispuestos a perdonar. Estamos más relajados. Aprendemos a ser delicados con nosotros mismos y con los demás. Esto no parece ser una gran victoria, pero lo es. Cuando no se interpone nada entre nosotros y nuestra paz, aunque sólo sea por un momento, experimentamos la divinidad dentro y fuera. No hay separación.

Éste es el fruto del camino de la aceptación.

Recuerda, en nuestra experiencia nunca hay un momento en que nuestra aceptación de nosotros mismos, y de nuestros hermanos y hermanas, no nos devuelva la paz. Nunca hay un momento en que no haya obstáculos que rendir.


Aceptamos esto no como una meta, sino como una práctica. Porque, en la práctica, conseguirnos nuestra meta.