DESPERTAR AL AMOR

con un curso de milagros

EL MUNDO QUE VES Y EL QUE DESEAS



Observa este mundo en el que vives y te darás cuenta que este mundo es el símbolo del castigo, y de la muerte. Los recién nacidos vienen al mundo con dolor. Crecen y pronto aprenden lo que son las penas, la separación y la muerte. La  mente está atrapada dentro de un cuerpo, y las fuerzas decaen al lastimarlo Parece que somos capaces de amar, pero pronto comprendemos que podemos abandonar y ser abandonados. Podemos perder aquello que amamos, y al hacernos mayores, el cuerpo se marchita, exhalamos un último suspiro y dejamos de existir.

Visto de esta manera, el mundo que nos proporcionan nuestros sentidos es ciertamente un mundo cruel, y lleno de odio. Te despoja de todo aquello que por un tiempo creíste amar y no dá nada sin quitar algo. No se puede encontrar amor duradero, por­que no hay amor. Es el mundo del tiempo, donde a todo le llega su fin. No te ofrece nada que puedas necesitar; nada que puedas usar en modo alguno; ni nada en absoluto que te pueda hacer feliz. Cada cosa que valoras aquí no es sino una cadena que te ata al mundo.

“El mundo que ves no te ofrece nada que tú desees”.
(L-pI,128,2:5)

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(AL FINAL DE LA ENTRADA)


Lo que ves a través de la percepción de los sentidos refleja lo que pien­sas. Y lo que piensas no es sino un reflejo de lo que deseas ver. Tus valores y tus creencias determinan esto, pues no puedes sino desear ver aquello que valoras, al creer que lo que ves existe realmente. Nadie puede ver un mundo al que su mente no le haya confe­rido valor. Y nadie puede dejar de ver lo que cree desear.


El poder de las creencias es ciertamente formidable. Son las cadenas que nos atan al mundo del ego. Los pensa­mientos que albergas son poderosos, y los efectos que las ilusio­nes y las expectativas futuras, producen son tan potentes como los efectos que produce la verdad. Los locos creen que el mundo que ven es real, y así, no lo ponen en duda. No se les puede persuadir cuestionando los efectos de sus pensamientos.

Tu mente es la que da significado al mundo. Y por lo tanto, contemplas la representación de tus deseos, de modo que haces que puedas verlos y así creer que son reales. Por tanto no pienses que no fuiste tú quien construyó este mundo, que viniste en contra de tu voluntad a lo que ya estaba hecho, porque la verdad es que encon­traste exactamente lo que andabas buscando cuando viniste porque era lo que deseabas y por tanto es lo que ves.

El miedo ha dado lugar a todo lo que crees ver: a toda separa­ción, a todas las distinciones y a la multitud de diferencias que crees que configuran el mundo. Ninguna de estas cosas existe. Has esclavizado al mundo con todos tus temores, dudas y aflicciones, con todo tu dolor y todas tus lágrimas; y todas tus penas lo oprimen y lo man­tienen prisionero de tus creencias. La muerte lo azota por doquier porque albergas en tu mente amargos pensamientos de muerte.

¿Qué otra cosa puede corregir las ilusiones sino la verdad? ¿Y qué son los errores sino ilusiones que aún no se han reconocido como tales? Allí donde la verdad ha hecho acto de presencia los errores desaparecen. Simplemente se desvanecen sin dejar ni ras­tro por el que se pudiesen recordar. Desaparecen porque, sin la creencia que los sustenta, no tienen vida. De este modo, se disuel­ven en la nada de donde provinieron, lo único que queda es la verdad.

¿Puedes imaginarte lo que sería un estado mental en el que no hubiese ilusiones? Trata de recor­dar algún momento en el que nada vino a perturbar tu paz; en el que te sentiste seguro de ser amado y de estar a salvo. Trata entonces de imaginarte cómo sería si ese momento se pudiera extender hasta el final del tiempo y hasta la eternidad. Luego deja que la sensación de quietud que sentiste se multiplique cien veces, y luego cien veces más.

Entonces tendrás un atisbo, que no es más que un leve indicio del estado en el que tu mente descansará una vez que haya lle­gado la verdad. Sin ilusiones no puede haber miedo, dudas o ataque. Cuando la verdad llegue todo dolor cesará, pues no habrá cabida en tu mente para pensamientos transitorios e ideas muertas. La verdad la ocupará por completo y te liberará de todas tus creencias en lo efímero. No habrá cabida para éstas porque la verdad habrá llegado y ahora dichas creencias no esta­rán en ninguna parte. No se pueden encontrar, pues ahora la verdad lo ocupa todo eternamente.

Cuando la verdad llega no se queda sólo por un rato para luego desaparecer o convertirse en otra cosa. Su forma no cam­bia ni varía, ni ella va y viene, para luego volver a irse y regresar de nuevo. Permanece exactamente como siempre fue, de manera que podamos contar con ella en caso de cualquier necesidad, y confiar, con perfecta certeza, en que estará con nosotros en todas las aparentes dificultades y dudas que engendran las apariencias que el mundo presenta. Éstas simplemente desaparecerán cuando la verdad corrija los errores de tu mente.
 
Es imposible ver dos mundos que no tienen nada en común. Si vas en pos de uno, el otro desaparece. Sólo uno de ellos puede permanecer. Ambos constituyen la gama de alternativas que tie­nes ante ti, más allá de la cual no hay nada que puedas elegir. Lo real y lo irreal son las únicas alternativas entre las que puedes elegir. No hay ninguna otra.

Es imposible ver dos mundos.
Permítaseme aceptar la fortaleza que Dios me ofrece y no ver valor alguno en este mundo, para así poder hallar mi libertad y mi salvación.

Elegir es obviamente la manera de poder escapar de lo que aparentemente son opuestos. Tomar una decisión permite que uno de los objetivos en conflicto se convierta en la mira de tus esfuerzos y en lo que empleas el tiempo. Si no tomas una deci­sión, desperdicias el tiempo y tus esfuerzos se disipan.

La percepción verdadera, es fácil de alcanzar, pues siempre es posible cambiar de mentalidad, de modo que también lo hacen todos tus pensamientos. Cambiar de mentalidad y de pensamientos signi­fica elegir al guía adecuado.

Dios estará allí, esperando tu llamada. No dudarás de lo que contemples, pues aunque se trate de una percepción, no se trata de una de la que tus ojos por sí solos hayan visto jamás. Y sabrás que la forta­leza de Dios te respaldó cuando tomaste esta decisión.

Libera al pasado de todos tus pensamientos anteriores. Libera al futuro de la necesidad de ir en busca de lo que real­mente no deseas encontrar. Deja al presente como único tiempo y encontrarás la liberación, pues al dejar que el pasado quede cancelado y al liberar el futuro de tus viejos temo­res, encuentras escape y se lo ofreces al mundo.

No hay ningún mundo aparte de lo que deseas, y en eso radica, en última instancia, tu liberación. Cambia de mentalidad con res­pecto a lo que quieres ver, y el mundo cambiará a su vez. Las ideas no abandonan su fuente. No es el orgullo el que te dice que fuiste tú quien construyó el mundo que ves y que ese mundo cambia según tú cambias de mentalidad.





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